(4) Ahora, mientras esto decía me ha hecho ver en medio de la Iglesia una mesa, y todos los
escritos sobre la Divina Voluntad puestos encima, muchas personas venerables rodeaban esa
mesa y salían transformadas en luz y divinizadas, y conforme caminaban comunicaban aquella
luz a quien encontraban.
(5) Y Jesús ha agregado: “Tú verás desde el Cielo el gran bien, cuando la Iglesia recibirá este
alimento Celestial, que fortificándola la hará resurgir en su pleno triunfo”.
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16-47
Febrero 16, 1924
Cada latido del corazón de Jesús le llevaba
un nuevo dolor, nuevas alegrías y contentos.
(1) Estaba pensando en los dolores del corazón santísimo de Jesús, ¡oh, cómo mis penas
desaparecían comparadas a las suyas! Y mi siempre amable Jesús me ha dicho:
(2) “Hija mía, los dolores de mi corazón son indescriptibles e inconcebibles a la criatura
humana. Tú debes saber que cada latido de mi corazón era un dolor distinto, cada latido me
llevaba un nuevo dolor, distinto uno del otro. La vida humana es un continuo palpitar, si cesa el
latido cesa la vida; imagínate entonces que torrentes de dolor me llevaba cada latido de mi
corazón, hasta el último momento de mi muerte, desde que fui concebido hasta mi último latido,
ninguno dejó de llevarme nuevas penas y acerbos dolores; pero debes saber también que mi
Divinidad que era inseparable de Mí, vigilando mi corazón, mientras en cada latido hacía entrar
un nuevo dolor, así también en cada latido hacía entrar nuevas alegrías, nuevos contentos,
nuevas armonías y arcanos celestiales. Si fui rico en el dolor y mares inmensos de penas
encerraba mi corazón, fui también rico de felicidad, de alegrías infinitas y de dulzuras
inenarrables. Al primer latido de dolor Yo habría muerto si la Divinidad, amando a este corazón
con amor infinito, no hubiera hecho repercutir en mi corazón un latido en dos: dolor y alegría,
amargura y dulzura, penas y contentos, muerte y vida, humillación y gloria, abandonos humanos
y consuelos divinos. ¡Oh! si tú pudieras ver en mi corazón, verías todo concentrado en Mí, todos
los dolores posibles e imaginables, de los cuales surgen a nueva vida las criaturas, y todos los
contentos y riquezas divinas, que como tantos mares corren en mi corazón y Yo los difundo para
bien de toda la familia humana. ¿Pero quién toma más de estos tesoros inmensos de mi
corazón? Quien más sufre. Por cada pena, por cada dolor, hay una alegría especial en mi
corazón que sigue a esa pena o dolor sufrido por la criatura; el dolor la hace más digna, más
amable, más querida, más simpática. Y así como mi corazón se atrajo todas las simpatías
divinas en virtud de los dolores sufridos, Yo, viendo en la criatura el dolor, especial característica
de mi corazón, vigilando este dolor, con todo amor vierto sobre ella las alegrías y los contentos
que contiene mi corazón; pero con sumo dolor mío, mientras mi corazón quisiera hacer seguir
mis alegrías al dolor que envío a las criaturas, no encontrando en ellas el amor a las penas y la
verdadera resignación como los tuvo mi corazón, mis alegrías siguen al dolor, pero viendo que
el dolor no ha sido recibido con amor, honor y total sumisión, mis alegrías no encuentran el
camino para entrar en aquel corazón adolorido y regresan dolientes a mi corazón. Por eso,
cuando encuentro un alma resignada, amante del sufrir, me la siento como regenerada en mi
corazón y ¡oh! cómo se alternan los dolores y las alegrías, las amarguras y las dulzuras, no
ahorro nada de todos los bienes que puedo derramar en ella”.
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