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Diciembre 26, 1923
El morir continuo de Jesús y el morir
continuo de Luisa en la Divina Voluntad.
(1) He pasado días amarguísimos por la privación de mi dulce Jesús, me sentía como un
vilísimo harapo que Jesús había desechado porque le daba asco, tan sucio estaba; y en mi
interior oía decirme:
(2) “En mi Voluntad no existen harapos, todo es vida, y Vida Divina. El harapo se rompe, se
ensucia, porque no contiene vida, en cambio en mi Voluntad que contiene vida y da vida a todo,
no hay peligro que el alma se pueda reducir a pedazos, mucho menos ensuciarse”.
(3) Yo, no haciendo caso de esto pensaba entre mí: “¡Qué hermosas fiestas navideñas me
hace pasar Jesús, se ve que me quiere mucho!” Y Él moviéndose en mi interior ha agregado:
(4) “Hija mía, para quien hace mi Voluntad siempre es Navidad; en cuanto el alma entra en mi
Querer Yo quedo concebido en su acto; conforme va cumpliendo su acto, Yo desarrollo mi Vida;
cuando lo termina, Yo resurjo y el alma queda concebida en Mí, desarrolla su vida en la mía y
resurge en mis mismos actos. Entonces, mira, las fiestas navideñas son para quien una vez al
año se prepara, se pone en gracia, por lo tanto siente en sí algo de nuevo de mi nacimiento;
pero para quien hace mi Voluntad siempre es Navidad, renazco en cada acto suyo. ¿Así que tú
quisieras que Yo naciera en ti una vez al año? No, no, para quien hace mi Voluntad, mi
nacimiento, mi Vida, mi muerte y mi Resurrección deben ser un acto continuado, nunca
interrumpido, de otra manera, ¿cuál sería la diferencia, la desmedida distancia con las otras
santidades?”
(5) Yo al oír esto me sentía más amargada y pensaba entre mí: “¡Cuánta fantasía! Esto que
oigo no es otra cosa que una finísima soberbia mía, sólo mi soberbia podía sugerirme y llegar
hasta hacerme escribir tantas cosas sobre la Voluntad de Dios. Los demás son buenos,
humildes, y por eso ninguno ha osado escribir nada”. Y mientras esto pensaba sentía tal dolor,
de sentirme destrozar el corazón y buscaba distraerme para no oír nada. ¡Qué tremenda lucha,
hasta sentirme morir! Entonces, mientras me encontraba en este estado, mi amable Jesús se
ha hecho ver como si quisiera decir otra cosa sobre su Santísima Voluntad, y yo le he dicho:
“Jesús mío, ayúdame, ¿no ves cuánta soberbia hay en mí? Ten piedad de mí, líbrame de esta
refinada soberbia, yo no quiero saber nada, solamente me basta amarte”.
(6) Y Jesús: “Hija mía, las cruces, los dolores, las penas, son como la prensa para el alma; y
así como la prensa sirve a la uva para romper y descascarar la uva, de manera que el vino
queda por una parte y el bagazo por la otra, así las cruces, las penas, como prensa quitan al
alma el bagazo de la soberbia, del amor propio, de las pasiones y de todo lo que es humano, y
dejan el vino puro de las virtudes, y mis verdades encuentran el camino para comunicarse y
extenderse en el alma como sobre una tela blanquísima, con caracteres imborrables. ¿Cómo
puedes tú entonces temer, si cada vez que te he manifestado mis verdades sobre mi Voluntad,
estas verdades han sido precedidas siempre por cruces, dolores y penas, y por cuanto más
sublimes estas verdades, tanto más intensas y fuertes las penas? No era otra cosa que la
presión de la prensa que Yo hacía en ti para quitarte el bagazo de todo lo humano, era más
interés mío que tuyo, que mis verdades no quedaran mezcladas con el bagazo de las pasiones
humanas”.
(7) Y yo: “Jesús mío, perdóname si te digo que eres Tú mismo la causa de mis temores, si
Tú no me dejaras, si no te ocultaras y me privaras de Ti, en mí no habría lugares para hacer
surgir estos temores. ¡Ah! Jesús, Tú me haces morir, pero con muerte cruel y con doble muerte
porque no muero. ¡Ah! si pudiera probar la muerte y morir, cómo me sería dulce. ¡Ah! Jesús,
te lo digo, no puedo más; o llévame contigo o quédate conmigo”.
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