que nunca me dejó, para mi Humanidad fue la Voluntad Divina. Es más, cada acto opuesto de
voluntad humana a la Divina era una cruz distinta que el Supremo Querer imprimía en lo más
íntimo de mi Humanidad, porque cuando la voluntad humana se mueve en la tierra para obrar,
la Divina se mueve desde el Cielo para encontrarse con el querer humano y hacer de él uno solo
con el suyo, para hacer correr torrentes de gracia, de luz, de santidad en aquel acto, y el querer
humano no recibiendo el encuentro con el Divino, se pone en guerra con su Creador y rechaza
a las regiones celestiales el bien, la luz, la santidad que estaban por llover sobre él. Entonces
el Querer Supremo, ofendido, quería la correspondencia de Mí, y en cada acto de voluntad
humana me infligía una cruz, y si bien junto con la cruz recibía Yo todo el bien rechazado por
ellas, para tenerlo en depósito en Mí para cuando la criatura estuviera dispuesta a recibir en sus
actos el encuentro con la Divina, con todo esto no pude eximirme de sentir el dolor intenso de
tantas cruces. Mira en mi interior cuántos millones de cruces contenía mi Humanidad, por eso
las cruces de mi Voluntad fueron incalculables, su dolor era infinito, y Yo gemía bajo el peso de
un dolor infinito, este dolor infinito tenía tal poder, de darme la muerte a cada instante y darme
cruz a cada acto opuesto de la voluntad humana a la Divina. La cruz de mi Voluntad no es de
madera, que hace sentir el solo peso y el dolor, sino es cruz de luz y de fuego que arde y
consume, y se imprime en modo de formar una sola cosa con la misma naturaleza. Si Yo
quisiera decirte la cruz que me dio la Voluntad Divina, debería entrelazar todos los actos de las
criaturas, hacértelos presentes y hacerte tocar con la mano como mi Querer, queriendo justa
satisfacción, me infligía cruz sobre cruz. ¿No había sido acaso una voluntad humana la que
había ofendido y roto con la Divina? Entonces una Voluntad Divina debía crucificar, adolorar mi
naturaleza y voluntad humana, todo lo demás del hombre se puede llamar superficial; la fuente,
la raíz, la sustancia del bien o del mal está en el fondo de la voluntad, por eso sólo la Voluntad
Divina podía hacerme expiar el mal de tantas voluntades humanas. He aquí por qué te quiero
a ti toda en mi Voluntad, para hacer conocer qué cosa ha hecho esta Voluntad Divina, lo que me
hizo sufrir y lo que quiere hacer; por eso estás marcada con tantas cruces de luz, porque tu cruz
ha sido mi Voluntad, que todo ha cambiado en luz para disponerte a ser la verdadera recién
nacida de mi Voluntad, a la cual confiaré los secretos, las alegrías, los dolores de Ella, como a
hija fiel, que uniéndose a mis actos, abra los Cielos para hacerla descender a la tierra y hacerla
conocer, recibir y amar”.
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16-34
Diciembre 4, 1923
Luisa no quiere ser conocida. Jesús le habla
de la necesidad de este conocimiento.
(1) Estaba pensando en lo que escribo acerca del Santísimo Querer de mi dulce Jesús. Que
el bendito Jesús quiera decir tantas cosas sublimes de su Santo Querer es justo, porque todo lo
que se puede decir de Él, la altura, la grandeza, los prodigios, etc., todo está bien, es más, todo
es poco frente a lo que se podría decir, pero ese entrelazar junto siempre a esta pobre alma mía
no debería ser; su Voluntad es lo que debería hacer conocer, no a mí; mi pobre persona no
debería existir, mucho más que toda la cosa es suya, no mía, a mí no me queda otra cosa que
la confusión de lo que me dice; pero a pesar de todo esto la obediencia me obliga a escribir, no
sólo sobre el Querer Divino, sino también sobre el entrelazamiento que hace de mí con su
Voluntad. Ahora, mientras esto pensaba, mi dulce Jesús ha salido de dentro de mi interior, y
estrechándome a Él me ha dicho:
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