primero para redimir al hombre, y después que nuestra Voluntad se hiciera como en el Cielo así
en la tierra. ¡Ah! sí, fue mi Mamá que tomando en Sí toda nuestra Voluntad puesta fuera para
bien de la Creación, flechó a la Divinidad con flechas divinas, de modo que herida por nuestras
mismas flechas, como imán potente atrajo al Verbo en su seno. Nada sabemos negar a quien
posee nuestra Voluntad; mira entonces la necesidad que para dar cumplimiento a aquel Fiat que
vine a traer a la tierra, que sólo por mi Mamá fue comprendido y acogido y por eso no hubo
división entre Yo y Ella, quiero otra criatura que se ofrezca a recibir en ella todos los actos de mi
Voluntad que puse fuera en la Creación, la Divinidad quiere ser herida de nuevo con sus mismos
dardos para dar a las generaciones este gran bien, que mi Voluntad reine en ellas; siendo la
cosa más grande que quiere dar, esto es, el verdadero origen del hombre, no basta una voluntad
humana para impetrarla, mucho menos para herirla, sino que se necesita una Voluntad Divina,
con la cual el alma llenándose de Ella hiera a su Creador con sus mismas flechas, para que
herido abra los Cielos y haga descender su Querer sobre la tierra, y mucho más, pues así
encontrará su noble cortejo, todos los actos de su Voluntad formados en la criatura que le ha
arrancado el acto solemne, que su Voluntad venga a reinar sobre la tierra con su completo
triunfo”.
(5) Entonces yo, al oír esto le he dicho: “Mi amado bien, tu hablar me confunde, es más, me
aniquila tanto que me siento una pequeña recién nacida que no habiendo formado bien los
miembros es necesario fajarla, y mientras me son necesarias las fajas para formarme, Tú
quieres desfajarme, ¿y para hacer qué? Para hacerme extender mis infantiles manitas y
hacerme abrazar tu Eterna Voluntad. Mi Jesús, ¿no ves? No llego, no puedo abarcarla, soy
demasiado pequeña, y además, si tanto te agrada que tu Querer reine sobre la tierra, ¿por qué
has esperado tanto tiempo, y por qué Tú mismo cuando viniste a la tierra no hiciste una cosa y
otra, esto es, la Redención y el Fiat Voluntas Tua como en el Cielo así en la tierra? Tú tenías
los brazos fuertes y largos para abrazar tu interminable Voluntad; mira, mira ¡oh! Jesús, los míos
son débiles, cortos, ¿cómo puedo hacerlo?” Y Él de nuevo:
(6) “Pobre bebita, tienes razón, mi hablar te confunde, la luz de mi Voluntad te eclipsa y te
hace la verdadera recién nacida de la Suprema Voluntad; ven entre mis brazos, te fajaré con las
fajas de mi misma Voluntad, a fin de que refuerces tus miembros con su fuerza, así te será fácil
estrechar en tus pequeños brazos aquel Eterno Querer que con tanto amor quiere venir a reinar
en ti”.
(7) Entonces yo me he arrojado en sus brazos, para hacerme hacer lo que Jesús quería, y
después de nuevo ha agregado:
(8) “Podía Yo muy bien hacer una y otra cosa cuando vine a la tierra, pero la criatura no es
capaz de recibir todo junto el obrar de su Creador, y Yo mismo me complazco en dar siempre
nuevas sorpresas de amor; y además la criatura había profanado su gusto con su voluntad,
había apestado el aliento de su alma con tantas suciedades de darme asco, había llegado a
tanto que tomaba gusto de las cosas más repugnantes, hasta hacer correr sobre las tres
potencias del alma un líquido purulento, de no reconocer más su nobleza. Por tanto, debía
primero con mi Redención pensar en todo esto, darle todos los remedios, a estos males darles
el baño de mi sangre para lavarlos; si Yo hubiese querido hacer una cosa y la otra, estando el
hombre muy sucio, ciego y sordo, tal como lo había hecho el querer humano, no habría tenido
los ojos de la inteligencia para comprender, oídos para escuchar, corazón para recibirla, y mi
Voluntad no comprendida, no encontrando lugar donde morar, habría tomado de nuevo el
camino para el Cielo, por eso era necesario que el hombre primero comprendiera los bienes de
la Redención, para disponerse a comprender el bien del Fiat Voluntas Tua como en el Cielo así
en la tierra. Y esto habría sucedido también para ti, si al principio cuando comencé a hablarte,
te hubiera hablado de mi Voluntad, tú no me habrías entendido, habría hecho como un maestro
que en lugar de enseñar al discípulo las primeras letras del alfabeto, quisiera enseñarle las
ciencias, las lenguas extranjeras, pobre muchacho, se confundiría y no aprendería jamás nada,
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