mal es hacer la suya; por esto para venir a redimir al hombre elegí a mi Madre, por pequeña; y
por medio suyo me serví de Ella como canal para hacer descender sobre el género humano
todos los bienes y los frutos de la Redención.
(5) Ahora, para hacer que mi Querer sea conocido, para abrir el Cielo y hacer descender mi
Querer sobre la tierra y hacerlo reinar como en el Cielo, debía escoger otra pequeña entre todas
las generaciones. Siendo la obra más grande que quiero hacer: ‘La reintegración del hombre a
su principio de donde salió.’ Abrirle aquel Querer Divino que él rechazó, abrirle los brazos para
recibirlo de nuevo en el seno de mi Voluntad, mi infinita sabiduría llama de la nada a la más
pequeña. Era justo que fuera pequeña, si a una pequeña puse a la cabeza de la Redención, a
otra pequeña debía poner a la cabeza del Fiat Voluntas Tua como en el Cielo en la tierra. Entre
estas dos pequeñas debía encerrar la finalidad de la creación del hombre, debía realizar mis
designios sobre él; por medio de una debía redimirlo, lavarlo con mi sangre de sus fealdades,
darle el perdón; por medio de la otra debía hacerlo regresar a su principio, a su origen, a la
nobleza perdida, a los vínculos de mi Voluntad por él destrozados, admitirlo de nuevo a la sonrisa
de mi Eterna Voluntad, a besarse juntas su voluntad con la mía y hacer vida una en la otra; era
ésta la única finalidad de la creación del hombre, y a lo que Yo he establecido nadie podrá
oponerse, pasarán siglos y siglos como en la Redención, así también en esto, pero el hombre
regresará en mis brazos como fue creado por Mí. Pero para hacer esto debo primero elegir a
quien debe ser la primera que haga vida en mi Eterno Querer, vincular en ella todas las
relaciones de la Creación, vivir con ella sin ninguna ruptura de voluntad, más bien la suya y la
Nuestra siendo una sola, por eso la necesidad de que sea la más pequeña que Nosotros
hayamos hecho salir en la Creación, para que viéndose tan pequeña huya de su querer, más
bien lo ate tan estrechamente al nuestro para no hacer jamás el suyo, y si bien pequeña viva
junto con Nosotros con aquel mismo aliento con el que creamos al hombre. Nuestro Querer la
conserva fresca, bella, y ella forma nuestra sonrisa, nuestro entretenimiento, y hacemos de ella
lo que queremos. ¡Oh! cómo ella es feliz, y gozando de su pequeñez y de su feliz suerte llorará
por sus hermanos, y de nada más se ocupará que de rehacernos por todos y por cada uno, por
todas las ofensas que nos hacen con sustraerse de nuestra Voluntad. Las lágrimas de quien
vive en nuestro Querer serán potentes, mucho más que ella no quiere sino lo que Nosotros
queremos, y por medio suyo abriremos junto al primer canal de la Redención, el segundo del
Fiat Voluntas Tua como en el Cielo así en la tierra”.
(6) Entonces yo al oír esto he dicho: “Amor mío y todo mío, dime ¿quién será esta pequeña
afortunada? ¡Oh, cómo quisiera conocerla!”
(7) Y Él rápidamente: “¡Cómo! ¿No has entendido quién es? Eres tú mi pequeñita, te lo he
dicho tantas veces que eres la pequeña, y por eso te amo”.
(8) Pero mientras esto decía me he sentido como transportar fuera de mí misma en una luz
purísima, en la cual se veían todas las generaciones divididas como en dos alas, una a la
derecha y otra a la izquierda del trono de Dios. A la cabeza de una ala estaba la Augusta Reina
Mamá, de la cual descendían todos los bienes de la Redención, ¡oh! cómo era bella su
pequeñez, pequeñez maravillosa, prodigiosa, pequeña y potente, pequeña y grande, pequeña
y Reina, pequeña y de su pequeñez ver depender a todos, disponer de todo, imperar sobre
todos, y sólo porque pequeña envolver al Verbo en su pequeñez y hacerlo descender del Cielo
a la tierra para hacerlo morir por amor de los hombres. En la otra ala se veía a la cabeza a otra
pequeña, – lo digo temblando y sólo por obedecer – era aquélla que Jesús había llamado su
pequeña hija del Divino Querer, y mi dulce Jesús poniéndose en medio de estas dos alas, entre
las dos pequeñas que estaban a la cabeza, ha tomado con una de sus manos la mía y con la
otra la de la Reina Madre, y las ha unido juntas una y otra diciendo:
(9) “Mis pequeñas hijas, daos la mano ante nuestro Trono, abrazad entre vuestros pequeños
brazos a la Eterna y Divina Majestad, solamente a vosotras es dado, por ser pequeñas, abrazar
al Eterno, al Infinito y entrar dentro de Él, y si la primera pequeña arrancó al amor del Eterno la
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