como hostia consagrada, en la cual Yo formo mi Vida, hago todo el bien que quiero, rezo, sufro,
gozo, y la hostia no se opone, me deja libre, su oficio es prestarse a tenerme escondido y en
mudo silencio adherirse a conservar mi Vida Sacramental.
(3) Éste es el punto donde estamos, tu querer a entrar al Cielo, y el mío a descender a la
tierra; por eso el tuyo no debe tener más vida, no debe tener razón de existir. Esto sucedió a mi
Humanidad, que mientras tenía una voluntad humana, ésta estaba toda atenta a dar vida a la
Voluntad Divina, jamás se arbitró por sí sola, ni siquiera respirar por sí sola, sino que aun el
respiro lo daba y lo tomaba en la Voluntad Divina, y por eso el Querer Eterno reinó en mi
Humanidad como en el Cielo así en la tierra, en Ella hizo su Vida terrestre, y mi voluntad humana,
sacrificada toda a la Divina, impetró que a tiempo oportuno descendiera a la tierra para vivir en
medio de las criaturas como vive en el Cielo. ¿No quieres tú dar el primer puesto en la tierra a
mi Voluntad?”
(4) Ahora, mientras esto decía, me parecía encontrarme en el Cielo, y como desde un punto
solo veía a todas las generaciones, y yo, postrándome ante la Majestad Suprema tomaba su
mutuo amor, su adoración perfecta, la santidad siempre una de su Voluntad, y las ofrecía a
nombre de todos como correspondencia del amor, de la adoración y de la sumisión y unión que
cada criatura debería tener con su Creador. Quería unir Cielo y tierra, Creador y criatura, a fin
de que se abrazaran y se dieran el beso de la unión de sus voluntades. Entonces mi Jesús ha
agregado:
(5) “Esta es tu tarea, el vivir en medio de Nosotros y hacer tuyo todo lo que es nuestro y darlo
a Nosotros por todos tus hermanos; entonces Nosotros, atraídos por lo que es nuestro, podemos
quedar vinculados con las generaciones humanas y darles de nuevo el beso supremo de la
unión de su voluntad con la nuestra, beso que le dimos en la Creación”.
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16-25
Octubre 20, 1923
El alma es el campo donde Jesús trabaja, siembra y cosecha.
(1) Me sentía toda aniquilada en mí misma, sus privaciones me arrojan en la más profunda
humillación; sin Jesús, el interior de mi alma me lo siento devastado, todo el bien me parece que
declina y muere. ¡Mi Jesús, Jesús mío, cómo es dura tu privación! ¡Oh! cómo me sangra el
corazón al ver en mí todo morir, porque Aquél que es vida y que sólo Él puede dar vida, no está
conmigo. Entonces, mientras me encontraba en este estado, mi dulcísimo Jesús ha salido de
dentro de mi interior, y apoyando su mano sobre mi corazón, y estrechándolo fuerte me ha dicho:
(2) “Hija mía, ¿por qué te afliges tanto? Abandónate en Mí y déjame hacer, y cuando te
parezca que todo declina y muere, tu Jesús hará resurgir todo, pero más bello y más fecundo.
Tú debes saber que el alma es mi campo donde Yo trabajo, siembro y cosecho, pero mi campo
predilecto es el alma que vive en mi Voluntad, en este campo mi trabajo es deleitable, no me
ensucio al sembrar, porque mi Voluntad la ha convertido en campo de luz, su terreno es virgen,
puro y celestial, y Yo me divierto mucho al sembrar en él pequeñas luces, casi como un rocío
que forma el Sol de mi Voluntad. ¡Oh! cómo es bello ver este campo del alma todo cubierto de
tantas gotas de luz, que poco a poco conforme crezcan se formarán tantos soles, la vista es
encantadora, todo el Cielo es raptado por su vista y están todos atentos a ver al Celestial
Agricultor que con tanta maestría cultiva este campo y que posee una semilla tan noble de
convertirla en sol. Ahora hija mía, este campo es mío y hago de él lo que quiero, y cuando estos
soles se han formado Yo los cosecho y los llevo al Cielo como la más bella conquista de mi