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Agosto 20, 1923
La santidad del vivir en el Divino Querer, a ejemplo de la
Santísima Virgen, no tiene nada de prodigioso exteriormente.
(1) Estaba pensando entre mí: “El buen Jesús dice tantas cosas admirables de su Voluntad,
cómo no hay cosa más grande, más alta, más santa que el alma que llama a vivir en su Querer.
Si así fuera, quién sabe cuántas cosas admirables debería hacer, cuántas cosas estrepitosas,
aun externamente; en cambio, nada que fascine, que impresione, más bien me siento la más
abyecta e insignificante, que nada hago de bien, mientras que los santos, ¿cuántos bienes no
han hecho, cosas estrepitosas, milagros? Sin embargo dice que el vivir en su Querer deja atrás
a todos los santos”. Ahora, mientras estos y otros pensamientos pasaban por mi mente, mi
Jesús se ha movido en mi interior y con su acostumbrada luz me decía:
(2) “Hija mía, la santidad cuando es individual, para un tiempo y para un lugar, tiene más de
prodigioso en lo exterior para atraer a aquellos individuos, lugares y tiempos a recibir aquella
gracia y bien que esa santidad contiene, en cambio la santidad del vivir en mi Querer no es
santidad individual, asignada a hacer bien a aquellos lugares, a aquellos individuos y en aquellos
tiempos, sino que es santidad que debe hacer bien a todos, en todos los tiempos y en todos los
lugares, es una santidad que queda eclipsada en el Eterno Sol de mi Querer, que invadiendo a
todos es luz sin palabra, es fuego sin leña, sin estrépito, sin humo, pero no por esto deja de ser
la más majestuosa, la más bella, la más fecunda, su luz más pura, su calor más intenso,
verdadera imagen del sol que ilumina nuestro horizonte, ilumina a todos, pero sin estrépito; es
luz, pero no tiene palabra, no dice nada a nadie, el bien que hace es germen que fecunda la
vida que da a todas las plantas, y con su calor purifica el aire contaminado y destruye lo que
puede dañar a toda la humanidad, pero es tan callado que a pesar que lo tienen con ellos no le
prestan atención, pero no por esto deja de ser majestuoso y bello, ni deja de seguir con el bien
que hace a todos, y si llegara a faltar todos lo llorarían, viniendo a faltar el más grande milagro
de la fecundidad y conservación de toda la naturaleza. Más que sol es la santidad del vivir en
mi Querer; un alma recta y toda ordenada en mi Voluntad, es más que un ejército en batalla, su
inteligencia está ordenada y vinculada con la inteligencia eterna; sus latidos, afectos, deseos,
están ordenados con vínculos eternos, así que sus pensamientos, su voluntad y todo su interior
son ejércitos de mensajeros que de ella parten, que llenan Cielo y tierra, son voces hablantes,
son armas que defienden a todos, y por primero a su Dios; llevan el bien a todos, son la
verdadera milicia celestial y divina que la Suprema Majestad tiene toda reordenada en Sí,
siempre pronta a sus órdenes.
(3) Además está el ejemplo de mi Mamá, verdadera santidad del vivir en mi Querer, todo
eclipsado su interior en el Eterno Sol de la Voluntad Suprema, y que debiendo ser la Reina de
la santidad de los santos, Madre y portadora de mi Vida a todos, y por lo tanto de todos los
bienes, quedaba como escondida en todos, llevando el bien sin hacerse conocer; más que
silencioso sol portaba la luz sin palabra, el fuego sin estrépito, el bien sin hacerse notar, no había
bien que no partiera de Ella, no había milagro que de Ella no saliera; viviendo en mi Querer vivía
escondida en todos, y era, y es origen de los bienes de todos. Estaba tan raptada en Dios, tan
fijada y ordenada en la Divina Voluntad, que todo su interior nadaba en el mar del Eterno Querer,
estaba al día de todo el interior de todas las criaturas y ponía el suyo para reordenarlas delante
de Dios. Era propiamente el interior del hombre lo que tenía más necesidad de ser rehecho,
reordenado, más que el exterior, y debiendo hacer lo más, parecía que dejaba de hacer lo
menos, mientras que era origen del bien externo y del interno, sin embargo aparentemente
parecía que no hacía obras grandes y estrepitosas. Ella, más que sol, pasaba inobservada y