llamas que uniéndose juntas forman una sola llama; así la criatura, a pesar de que haga diversas
cosas, la finalidad debe ser el amor, para poder formar de sus acciones tantas llamitas, que
uniéndose juntas formarán la gran llama que quemará todo y la transformará toda en Mí, de otra
manera no poseerá la verdadera caridad".
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15-30
Junio 18, 1923
Prodigios, maravillas, excesos de amor de Jesús al instituir
el Santísimo Sacramento y comulgarse a Sí mismo.
(1) Me sentía toda absorbida en la Santísima Voluntad de Dios, y el bendito Jesús me hacía
presentes, como en acto, todos los actos de su Vida sobre la tierra, y como lo había recibido
sacramentado en mi pobre corazón, me hacía ver como en acto, en su Santísimo Querer,
cuando mi dulce Jesús instituyendo el Santísimo Sacramento se comulgó a Sí mismo. Cuántas
maravillas, cuántos prodigios, cuántos excesos de amor en este comulgarse a Sí mismo, mi
mente se perdía en tantos prodigios divinos, y mi siempre amable Jesús me ha dicho:
(2) "Hija querida de mi Supremo Querer, mi Voluntad contiene todo, conserva todas las obras
divinas como en acto y nada deja escapar, y a quien en Ella vive quiere hacerle conocer los
bienes que contiene. Por eso quiero hacerte conocer la causa por la que quise recibirme a Mí
mismo al instituir el Santísimo Sacramento. El prodigio era grande e incomprensible a la mente
humana: recibir la criatura a un Hombre y Dios, encerrar en el ser finito el infinito, y a este Ser
infinito darle los honores divinos, el decoro, la habitación digna de Él, era tan profundo e
incomprensible este misterio, que los mismos apóstoles, mientras creyeron con facilidad en la
Encarnación y en tantos otros misterios, delante a éste quedaron turbados y su inteligencia se
resistía a creer, y se necesitó hablarles repetidamente para rendirlos; entonces, ¿cómo hacer?
Yo que lo instituía debía pensar en todo, porque mientras la criatura debía recibirme, a la
Divinidad no debían faltarle los honores, el decoro divino, la habitación digna de Dios. Por eso
hija mía, mientras instituía el Santísimo Sacramento, mi Voluntad eterna unida a mi voluntad
humana me hizo presentes todas las hostias que hasta el fin de los siglos debían recibir la
Consagración Sacramental, y Yo una por una las miré, las consumí, y vi mi Vida Sacramental
palpitante en cada hostia porque quería darse a las criaturas. Mi Humanidad, a nombre de toda
la familia humana tomó el empeño por todos y dio la habitación en Sí misma a cada hostia, y mi
Divinidad, que era inseparable de Mí, circundó cada hostia sacramental con honores, alabanzas
y bendiciones divinas para hacer digno decoro a mi Majestad, así que cada hostia sacramental
fue depositada en Mí y contiene la habitación de mi Humanidad y el cortejo de los honores de
mi Divinidad; de otra manera, ¿cómo podía descender en la criatura? Y fue sólo por esto que
toleré los sacrilegios, las frialdades, las irreverencias, las ingratitudes, porque habiéndome
recibido a Mí mismo puse a salvo mi decoro, los honores, la habitación que se necesitaba a mi
misma persona. Si no me hubiera recibido a Mí mismo, Yo no habría podido descender en ella,
y a ella le habría faltado el camino, la puerta, los medios para recibirme.
(3) Así es mi costumbre en todas mis obras, las hago una vez para dar vida a todas las demás
veces que se repetirán, uniéndolas al primer acto como si fuera un acto solo, así que la potencia,
la inmensidad, la omnividencia de mi Voluntad me hicieron abrazar todos los siglos, me hicieron
presentes todos los comulgantes y todas las hostias sacramentales, y me recibí otras tantas
veces a Mí mismo, para hacer pasar por Mí a Mí mismo en cada criatura. ¿Quién ha pensado
jamás en tanto amor mío, que para descender en los corazones de las criaturas, Yo debía
recibirme a Mí mismo para poner a salvo los derechos divinos, y poder dar a ellas no sólo a Mí
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