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Enero 16, 1923
Segundo desorden general.
(1) Me sentía muy afligida por la privación de mi dulce Jesús y pensaba entre mí: "¿Por qué
no viene? ¿Quién sabe en qué lo he ofendido que de mí se esconde?" Y mientras esto pensaba,
y quién sabe cuántas otras cosas que no es necesario decirlas, mi adorable Jesús se ha movido
en mi interior y estrechándome fuerte a su corazón santísimo, con voz tierna y llena de
compasión me ha dicho:
(2) "Hija mía, después de tanto tiempo que vengo a ti deberías de comprender por ti misma la
causa de mi ocultamiento, pero no escondido fuera de ti, sino en ti misma".
(3) Después, suspirando fuerte ha agregado: "¡Ay! es el segundo desorden general que las
naciones están preparando, y Yo me estaré oculto en ti, y como vigilante para ver qué hacen.
He hecho de todo para disuadirlos, les he dado luz, gracia, te he llamado a ti en modo especial
en los meses pasados para hacerte sufrir más, para hacer que mi justicia, encontrando un dique
en ti, y una satisfacción de más en tus penas, pudiera hacer descender más libremente la luz,
la gracia, en sus mentes para disuadirlos de este segundo desorden, pero todo ha sido en vano;
y por cuanta más unión hacían, tanto más fomentaban las discordias, los odios, las injusticias,
tanto que obligan a los oprimidos a tomar las armas para defenderse; y Yo, cuando se trata de
defender a los oprimidos y a la justicia, aun natural, debo concurrir. Mucho más, pues las
naciones aparentemente vencedoras, vencieron sobre bases de la más pérfida injusticia;
deberían de haberlo comprendido ellas mismas y ser más benignas con los oprimidos, en
cambio son más inexorables, queriendo de ellos no sólo la humillación, sino también la
destrucción. ¡Qué perfidia! ¡Qué perfidia más que diabólica! No están aún saciados de sangre,
cuántos pobres pueblos perecerán; me duele, pero la tierra quiere ser purgada; otras ciudades
serán destruidas; también Yo segaré muchas vidas con los flagelos que mandaré del Cielo, y
mientras esto sucederá Yo me estaré en ti como oculto y como vigía".
(4) Y me parecía que más se escondía en mí. Yo me sentía inmersa en un mar de amargura
por este hablar de Jesús, después me he sentido rodeada de personas que rezaban, y mi Mamá
Celestial extendiendo su mano en mi interior, tomaba un brazo de Jesús y lo jalaba fuera, y le
decía:
(5) "Hijo mío, ven en medio de los pueblos, ¿no ves en qué mar de tempestades están por
arrojarse y que les costará un mar de sangre?"
(6) Pero por cuanto lo jalaba, Jesús no ha querido salir, entonces volteándose hacia mí me ha
dicho:
(7) "Pídele mucho que las cosas sean más benignas".
(8) Yo me he puesto a pedírselo, y Él ahora ponía su oído en el mío y me hacía oír los
movimientos de los pueblos, los rumores de las armas; ahora me hacía ver varias razas de
pueblos unidos juntos, quién preparado a desencadenar guerras, y quién se estaba preparando,
por eso, estrechándome fuerte a mi Jesús le he dicho: "Aplácate amor mío, ¿no ves cuánta
confusión de pueblos, cuántos desórdenes? Si esto es en los preparativos, ¿qué será en la
guerra?"
(9) Y Jesús: "¡Ah! hija mía, son ellos mismos que lo quieren, la perfidia del hombre quiere
llegar a los excesos, y uno quiere lanzar al otro al abismo, pero la unión de diversas razas servirá
después para mi gloria".
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