con lágrimas que descendiera el Verbo Eterno para salvar a sus hermanos, pero mientras esto
hacía, nuestro Querer le hizo saber que bajara a la tierra, y Ella de inmediato dejó nuestros
contentos y las alegrías y partió, ¿para hacer qué cosa? ¡Nuestro Querer! ¡Qué potente imán
era nuestro Querer habitante en la tierra en esta recién nacida Reina! No nos parecía ya extraña
la tierra, no nos sentíamos ya para castigarla haciendo uso de nuestra justicia; teníamos la
potencia de nuestra Voluntad que en esta inocente niña nos despedazaba los brazos, nos
sonreía desde la tierra, y cambiaba la Justicia en gracias y en dulce sonrisa, tanto, que no
pudiendo resistir al dulce encanto, el Verbo Eterno apresuró su carrera. ¡Oh prodigio de mi
Querer Divino, a Ti todo se debe, por Ti se cumple todo y no hay prodigio más grande que mi
Querer habitante en la criatura!".
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15-2
Diciembre 21, 1922
Privación de Jesús y penas del alma.
(1) Me sentía toda afligida por la privación de mi adorable Jesús, más bien me sentía torturada,
mi pobre corazón agonizaba y se debatía entre la vida y la muerte y mientras parecía que moría,
una fuerza oculta lo hacía resurgir para continuar su amarguísima agonía. ¡Oh! privación de mi
Jesús, cómo eres despiadada y cruel, la misma muerte sería una nada frente a ti, pues la muerte
no hace otra cosa que llevar a la vida eterna, en cambio la privación hace huir la misma vida.
Pero todo esto era nada aún, mi pobre alma mientras quería a mi vida, a mi todo, dejaba mi
cuerpo para encontrarlo al menos fuera de mí, pero en vano, más bien me encontraba en una
inmensidad, de la cual la profundidad, la grandeza, la altura, no se descubría el término; fijaba
mis miradas por todas partes en aquel gran vacío, quién sabe si al menos pudiera verlo de lejos
para tomar el vuelo y arrojarme en sus brazos, pero todo era inútil, temía precipitarme en aquel
gran vacío, y sin Jesús ¿a dónde habría ido? ¿Qué habría sido de mí? Temblaba, gritaba,
lloraba, pero sin encontrar piedad; habría querido regresar a mi cuerpo, pero una fuerza oculta
me lo impedía. Mi estado era horrible, porque el alma encontrándose fuera de mí misma se
precipitó hacia su Dios como hacia su centro, más veloz que una piedra cuando se desprende
desde lo alto y cae hacia el centro de la tierra, no es de la naturaleza de la piedra quedarse
suspendida y busca la tierra como apoyo y reposo; así, no es naturaleza del alma salir de sí
misma y no precipitarse en el centro del cual salió; esta pena da tal espanto, temor, dolor, que
podría llamarla pena de infierno. Pobres almas sin Dios, ¿cómo, cómo hacen? ¿Qué pena será
para ellas la pérdida de Dios? ¡Ah! Jesús mío, no permitas que ninguno, ninguno te pierda".
(2) Ahora, estando en este estado tan doloroso me he encontrado en mí misma y mi dulce
Jesús extendiendo un brazo me ha rodeado el cuello, luego ha hecho ver que tenía en sus
brazos una pequeña niña, pero de una pequeñez extrema; la niña agonizaba y mientras parecía
que moría, Jesús ahora le daba su aliento, ahora le daba un pequeño sorbo, ahora se la
estrechaba a su corazón, y la pobre pequeñita volvía de nuevo a la agonía, pero ni moría ni salía
de su estado agonizante. Jesús era todo atención, la vigilaba, la asistía, la sostenía, no perdía
ningún movimiento de esta niña agonizante. Yo sentía como repercutir en el fondo de mi
corazón todas las penas de aquella pobre pequeña, y Jesús mirándome me ha dicho:
(3) "Hija mía, esta pequeña niña es tu alma. Mira cuánto te amo, con cuántos cuidados te
asisto, te mantengo en vida con los sorbos de mi Voluntad, mi Querer te empequeñece, te hace
morir y resurgir, pero no temas, porque jamás te dejaré, mis brazos te tendrán siempre
estrechada a mi seno".
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