y no me hará tomar parte en sus penas”. Y Jesús, regresando, viéndome muy oprimida me ha
dicho:
(4) “Hija mía, no temas, ¿no recuerdas que ocupas doble oficio, uno de víctima, y el otro oficio
más grande de vivir en mi Querer para darme de nuevo la gloria completa de toda la Creación?
Así que si no estás en un oficio junto Conmigo, te tendré en el otro oficio; a lo más podrá haber
una pausa de penas con relación al oficio de víctima, por eso no temas y cálmate”.
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14-62
Septiembre 24, 1922
Todo el mal del hombre está en haber perdido el germen de la
Divina Voluntad. La Divina Voluntad: Vestido del alma.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, mi dulce Jesús se hacía ver desnudado, que
temblaba de frío y diciéndome:
(2) “Hija mía, cúbreme y caliéntame que tengo frío; mira, la criatura con el pecado se había
despojado de todos los bienes, y Yo quise formarle una vestidura más bella, tejiéndola con mis
obras, adornándola con mi sangre y decorándola con mis llagas, ¿pero cuál no es mi dolor al
ver que me rechaza esta vestidura tan bella, contentándose de permanecer desnuda? Y Yo me
siento desvestido en ellas y siento su frío, por eso vísteme, porque tengo necesidad de ello”.
(3) Y yo: “¿Cómo podré vestirte? Yo no tengo nada”.
(4) Y Él: “Sí que podrás vestirme, tienes toda mi Voluntad en tu poder, absórbela en ti y luego
hazla salir, y me harás la más bella vestidura, una vestidura de Cielo y divina, ¡oh! cómo quedaré
calentado y Yo te vestiré a ti con el vestido de mi Voluntad, a fin de que podamos quedar vestidos
con un mismo vestido, por eso la quiero de ti, para podértela dar a ti con justicia; si tú me vistes
a Mí, es justo que Yo te vista a ti para darte la correspondencia de lo que has hecho por Mí.
Todo el mal en el hombre es que ha perdido el germen de mi Voluntad, por eso no hace otra
cosa que cubrirse con los más grandes delitos que lo degradan y lo hacen obrar como loco. ¡Oh,
cuántas locuras están por cometer! Justa pena, porque quieren tener por Dios al propio yo”.
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14-63
Septiembre 27, 1922
Lamentos, Amor de Jesús.
(1) Me sentía amargada a lo sumo por la privación de mi dulce Jesús, y era tanta la pena que
llegaba a decir desatinos, hasta decirle que no me amaba, que ya no me quería, y que yo lo
amaba más a Él; es verdad que mi amor es pequeño, apenas una sombra, una gotita, un
pequeño centésimo, pero es porque mi ser así está hecho, estrecho, pequeño, pero aunque
pequeño todo es para amarlo; pero, ¿quién puede decir todos los desatinos que decía? Era el
delirio de la fiebre que producía su privación que me hacía decir estas locuras. Entonces,
después de mucho esperarlo, mi dulce Jesús ha venido y me ha dicho:
(2) “Hija mía, quiero ver si tú me amas más”.
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