14-56
Septiembre 1, 1922
El amor rechazado se convierte en fuego de castigo.
(1) Encontrándome en lo acostumbrado, mi siempre amable Jesús se hacía ver todo afanado
y oprimido, pero lo que más lo oprimía eran las llamas de su amor, que mientras salían de Él
para expandirse, eran obligadas por la ingratitud humana a aprisionarse nuevamente. ¡Oh!
cómo su corazón santísimo quedaba sofocado por sus mismas llamas, y pedía refrigerio.
Entonces me ha dicho:
(2) “Hija mía, dame alivio, porque no puedo más; mis llamas me devoran, déjame agrandar tu
corazón para poder poner en él mi amor rechazado y el dolor de mi mismo amor, ¡ah! las penas
de mi amor superan a todas mis demás penas juntas”.
(3) Ahora, mientras esto decía, ponía su boca en mi corazón y lo soplaba fuertemente, de
modo que me lo sentía inflar, después me lo tocaba con sus manos como si lo quisiera agrandar
y volvía a soplarle; yo sentía como si se fuera a romper, pero Él, no prestándome atención volvía
a soplarle. Después que lo ha inflado bien, con sus manos lo ha cerrado, como si pusiera un
sello, de modo que no había esperanza que pudiera recibir alivio, y luego me dijo:
(4) “Hija de mi corazón, he querido encerrar con mi sello mi amor y mi dolor que he puesto en
ti, para hacerte sentir cuán terrible es la pena del amor contenido, del amor rechazado. Hija
mía, paciencia, tú sufrirás mucho, es la pena más dura, pero es tu Jesús, tu vida, quien quiere
este alivio de ti”.
(5) Sólo Jesús sabe lo que sentía y sufría, por eso creo que es mejor no ponerlo en el papel.
Entonces, habiendo pasado todo un día sintiéndome continuamente morir, en la noche,
regresando mi dulce Jesús quería inflarme más la parte del corazón, y yo le decía: “Jesús, no
puedo más; no puedo contener lo que tengo, y ¿quieres agregar más?” Y Él tomándome entre
sus brazos para darme la fuerza, me ha dicho:
(6) “Hija mía, ánimo, déjame hacer, es necesario, de otra manera no te daría tanta pena, los
males han llegado a tanto que hay toda la necesidad de que tú sufras a lo vivo mis penas, como
si de nuevo estuviera Yo viviente sobre la tierra. La tierra está por hacer salir llamas para
castigar a las criaturas; mi amor que corre hacia ellas para cubrirlas de gracia, rechazado se
convierte en fuego para castigarlas, así que la humanidad se encuentra en medio de dos fuegos:
Fuego del Cielo y fuego de la tierra. Son tantos los males, que estos fuegos están por unirse, y
las penas que te hago sufrir corren en medio de estos dos fuegos e impiden que se unan; si no
hiciera esto, para la pobre humanidad todo habría terminado. Por eso déjame hacer, Yo te daré
la fuerza y estaré contigo”.
(7) Ahora, mientras esto decía, volvía a soplarme, y yo, como si no pudiera más, le rogaba
que me tocase con sus manos para sostenerme y darme la fuerza, y Jesús me ha tocado, sí,
tomándome el corazón entre sus manos y apretándolo tan fuerte, que sólo Él sabe lo que me
hizo sentir. Pero no contento con esto me ha estrechado tan fuerte la garganta con sus manos,
que me sentía despedazar los huesos, los nervios de la garganta y me sentía asfixiar. Entonces,
después que me ha dejado en aquella posición por algún tiempo, todo ternura me ha dicho:
(8) “Ánimo, en este estado se encuentra la presente generación, y de todas las clases, son
tales y tantas las pasiones que la dominan, que están ahogados por las mismas pasiones y por
los vicios más feos; la podredumbre, el fango es tanto, que está por sumergirlas, he aquí por
qué he querido hacerte sufrir la pena de sofocarte la garganta, esta es pena de los excesos
extremos, y Yo no pudiendo soportar más el ver a la humanidad sofocada por sus mismos males,
he querido de ti una reparación. Pero debes saber que esta pena la sufrí también Yo cuando
me crucificaron, me estiraron tanto sobre la cruz, que todos los nervios me los estiraron tanto
que me los sentía despedazar, retorcer, pero los de mi garganta tuvieron un dolor y un