tocaban el cielo, se difundían sobre toda la tierra, y mientras miraba esto he visto a mi dulce
Jesús que tenía en su mano todos aquellos hilos de luz, y con una maestría encantadora los
dirigía, los alargaba, los multiplicaba y ensanchaba cuanto quería. Al toque de aquella luz todas
las cosas creadas se abajaban y armonizaban juntas, y hacían fiesta. Entonces mi Jesús me
ha dicho:
(2) “Hija mía, ¿has visto con qué amor me divierto y dirijo los actos hechos en mi Querer? Es
tal mi celo que no los confío a nadie, ni siquiera a la propia alma, ni un pensamiento, ni una fibra
dejo sin encerrar en ella toda la potencia de mi Voluntad, cada acto de estos contiene una Vida
Divina, por eso al toque de estos actos todas las cosas creadas sienten la Vida de su Creador,
sienten de nuevo la fuerza de aquel Fiat Omnipotente del cual tuvieron la existencia y hacen
fiesta, así que estos actos son para ellas nueva gloria y nueva fiesta. Ahora, esta bella armonía,
estos hilos de luz que salen de tu interior, si tu corazón no corriera en mi Querer sino en tu
voluntad o en otra voluntad, en tu corazón faltarían tantos latidos de Vida Divina, quedando
tantos latidos humanos por cuantos le faltan a la Divina, y así también de las fibras, de los
afectos, y como lo humano no es capaz de formar luz, sino tinieblas, por tanto se formarían
tantos hilos de tinieblas, y mi Querer quedaría entristecido, no pudiendo desenvolver en ti toda
la potencia de mi Voluntad”.
(3) Mientras esto decía, yo quería ver si en mi alma había estos latidos humanos que
interrumpieran la vida del latido divino, y por cuanto miraba no los encontraba.
(4) Y Jesús: “Por ahora no hay nada, te lo he dicho para hacerte estar atenta y hacerte
conocer qué significa vivir en mi Querer, significa vivir de un latido eterno y divino, vivir con mi
aliento omnipotente”.
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14-27
Mayo 8, 1922
Las penas de quien ama a Jesús están
en continuas corrientes con su corazón.
(1) Continuando mi habitual estado, el bendito Jesús se hacía ver como rayo que huye; ahora
hacía ver la sombra de su luz, ahora su mano. Yo sentía una pena indescriptible y Él,
acariciándome la cara con su mano me ha dicho:
(2) “Pobre hija, cuánto sufres”.
(3) Y rápidamente se ha retirado. Entonces yo pensaba entre mí: “Tantas veces Jesús me
ha dicho que me ama tanto y que sufre mucho cuando me ve sufrir por causa de su privación,
¿quién sabe cuanto sufra ahora al verme petrificada por el dolor de su privación? Entonces para
no hacerlo sufrir tanto, quiero hacerme fuerza a mí misma, tratando de estar más contenta,
menos oprimida, más atenta en mantener mi vuelo, mi actitud en su Voluntad, a fin de que le
lleve mi beso no amargado, sino pacífico y contento, que no lo entristezca sino lo consuele”.
Mientras esto pensaba, ha salido de mi interior todo doliente y con su corazón todo herido, y en
su centro se veía una herida de la que salía una llamita, y me ha dicho:
(4) “Hija mía, es cierto que por cuanto más te veo sufrir cuando te privo de Mí, tanto más
siento Yo la pena, porque siendo tu pena ocasionada por mi privación, no es otra cosa que
efecto del amor que tienes por Mí, por lo tanto si tú estas amargada, oprimida, tu latido hace eco
en mi corazón y siento tu amargura y tu opresión. ¡Ah! si supieras cuánto sufro cuando te veo
sufrir por causa mía, usarías siempre esta cautela, esta atención para no amargarme de más;
son las penas de quien más me ama las que están en continuas corrientes con mi corazón.