El pensamiento de los flagelos me aterrorizaba, su privación me daba penas mortales. Ahora,
en este estado trataba de fundirme en el Santo Querer de Dios y decía: “Amor mío, en tu Querer
lo que es tuyo es mío, todas las cosas creadas son mías, el sol es mío, y yo te lo doy en
correspondencia, a fin de que toda la luz y el calor del sol, en cada rayo de luz, de calor, te diga
que yo te amo, te adoro, te bendigo, y te pido por todos. Las estrellas son mías, y en cada
centellear de estrella sello mi te amo inmenso e infinito por todos. Las plantas, las flores, el
agua, el fuego, el aire, son míos, y yo te los doy en correspondencia, para que todos te digan, y
a nombre de todos, te amo con aquel amor eterno con el cual nos creaste”. Pero si quisiera
decirlo todo me extendería demasiado. Entonces Jesús moviéndose en mi interior me ha dicho:
(6) “Hija mía, cómo son bellas las oraciones y los actos hechos en mi Querer, la criatura se
transforma en el mismo Dios Creador y le da la correspondencia de lo que Él le ha dado. Todo
lo creé para el hombre y todo a él lo doné. En mi Voluntad la criatura se eleva en su Dios
Creador y lo encuentra en el acto en el cual creó todas las cosas para dárselas en don, y ella,
temblorosa ante la multiplicidad de tantos dones y no teniendo en ella la fuerza creadora para
poder crear tantas cosas por cuantas ha recibido, ofrece sus mismas cosas para corresponderlo
en amor. Sol, estrellas, flores, agua, fuego, aire, te he dado para darte amor, y tú, con
reconocimiento los has aceptado, y poniendo en comercio mi amor me has dado la
correspondencia, así que sol te di y sol me has dado, estrellas, flores, agua, etc., te di, y tú me
los has dado a Mí. Las notas de mi amor han resonado de nuevo sobre todas las cosas creadas,
y con voz unánime me han dado el amor que hice correr sobre toda la Creación.
(7) En mi Voluntad el alma se pone al nivel de su Creador, y en su mismo Querer recibe y da.
¡Oh, qué competencia entre criatura y Creador! Si todos la pudiesen ver quedarían estupefactos
al ver que en mi Voluntad el alma llega a ser un pequeño dios, pero todo en virtud de la potencia
de mi Voluntad”.
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14-20
Abril 8, 1922
La Santísima Trinidad reflejada en el alma. Dolor de Jesús al ver
deformadas la voluntad, la inteligencia y la memoria del hombre.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, estaba pensando en el dolor que sufrió mi dulce
Jesús en el huerto de Getsemaní, cuando se presentaron ante su santidad todas nuestras
culpas, y Jesús todo afligido, en mi interior me ha dicho:
(2) “Hija mía, mi dolor fue grande e incomprensible a la mente creada, especialmente cuando
vi la inteligencia humana deformada, mi bella imagen que hice reproducir en ella, no más bella,
sino fea, horrible. Yo doté al hombre de voluntad, inteligencia y memoria; en la primera refulgía
mi Padre Celestial, el cual como acto primero comunicaba su potencia, su santidad, su altura,
por lo cual elevaba a la voluntad humana invistiéndola de su misma santidad, potencia y nobleza,
dejando todas las corrientes abiertas entre Él y la voluntad humana, a fin de que siempre más
se enriqueciera de los tesoros de mi Divinidad; entre la voluntad humana y la Divina no había
tuyo ni mío, sino todo en común, con acuerdo recíproco, era imagen nuestra, cosa nuestra, así
que ella nos reflejaba, por lo tanto nuestra Vida debía ser la suya, y por eso constituía como acto
primero su voluntad libre, independiente, como era acto primero la Voluntad de mi Padre
Celestial, pero esta voluntad cuánto se ha desfigurado, de libre se ha vuelto esclava de vilísimas
pasiones. ¡Ah! es ella el principio de todos los males del hombre, no se reconoce más, cómo
ha descendido de su nobleza, da asco mirarla.