habituales. Deja que los rayos de la justicia toquen a las criaturas, también mi justicia debe
hacer su curso, no la podrías sostener tú toda y después estaré contigo como antes. Pero a
pesar de esto no te dejo, Yo también sé que no puedes estar sin Mí, por eso estaré en el fondo
de tu corazón y conversaremos juntos”.
(3) Después he seguido las horas de la Pasión, y seguía a mi dulce Jesús en el momento en
que fue vestido y tratado como loco; mi mente se perdía en este misterio, y Jesús me ha dicho:
(4) “Hija mía, el paso más humillante de mi Pasión fue propiamente éste, el ser vestido y
tratado como loco, llegué a ser el juguete de los judíos, su harapo; humillación más grande no
podría tener mi infinita sabiduría; no obstante era necesario que Yo, Hijo de Dios, sufriera esta
pena. El hombre pecando se vuelve loco; locura más grande no puede darse, y de rey cual es,
se convierte en esclavo y juguete de vilísimas pasiones que lo tiranizan, y más que a un loco lo
encadenan a su antojo, arrojándolo en el fango y cubriéndolo con las cosas más sucias. ¡Oh!
qué gran locura es el pecado, en este estado el hombre jamás podía ser admitido ante la
Majestad Suprema, por eso quise sufrir esta pena tan humillante, para conseguirle al hombre
que saliera de este estado de locura, ofreciéndome Yo a mi Padre Celestial para sufrir las penas
que merecía su locura. Cada pena que sufrí en mi Pasión no era otra cosa que el eco de las
penas que merecían las criaturas; este eco retumbaba en Mí y me sometía a penas, a
desprecios, a burlas y a todos los tormentos”.
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14-19
Abril 6, 1922
Efectos de los actos hechos en el Divino Querer. En la
Divina Voluntad el alma se pone al nivel de su Creador.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, mi dulce Jesús me ha transportado fuera de mí
misma y me hacía ver muchedumbres de pueblos que lloraban, sin techo, en poder de la más
grande desolación; ciudades derrumbadas, calles desiertas e inhabitables; no se veía otra cosa
que montones de piedras y escombros; sólo un punto quedaba intacto, sin ser tocado por el
flagelo, ¡Dios mío, qué pena ver estas cosas y vivir! Yo miraba a mi dulce Jesús, pero Él no
quería verme, sino que lloraba amargamente, y con voz entrecortada por el llanto me ha dicho:
(2) “Hija mía, el hombre por la tierra ha olvidado el Cielo, es justo que le venga quitado lo que
es tierra y vaya errante sin poder encontrar dónde refugiarse, a fin de que se recuerde que existe
el Cielo. El hombre por el cuerpo ha olvidado el alma, así que todo al cuerpo: Los placeres, las
comodidades, las suntuosidades, el lujo y demás, mientras que el alma está en ayunas, privada
de todo y en muchos muerta, como si no la tuvieran; entonces es justo que sea privado el cuerpo,
a fin de que se recuerden que tienen un alma, pero, ¡oh, cómo es duro el hombre! Su dureza
me obliga a golpearlo de más, tal vez bajo los castigos pueda ablandarse”.
(3) Yo me sentía desgarrar el corazón y Él continuó:
(4) “Tú sufres mucho al ver que el mundo quisiera estremecerse, y el agua y el fuego salir de
sus confines y lanzarse contra el hombre, por eso volvamos juntos a tu cama y recemos juntos
por la suerte del hombre. En mi Querer sentiré tu corazón palpitante sobre toda la faz de la
tierra, que me dará un latido por todos, que me dice: ‘Amor’; y mientras castigaré a las criaturas,
tu latido se interpondrá para hacer que los castigos sean menos duros, y lleven al tocarlos el
bálsamo de mi amor y del tuyo”.
(5) Entonces yo he quedado afligidísima, mucho más porque al retirarnos mi dulce Jesús se
escondía en mi interior, tan adentro que casi no se hacía sentir más. ¡Qué pena! ¡Qué dolor!
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