porque las verdades llevan el perfume celestial, la sensación divina, y esto sólo al oírlas, ¿qué
será para el que las practique? Es por esto que amaba y deseaba tanto escuchar lo que te
decía Jesús, y quería decirlo a los demás, era la luz, el perfume que sentía y quería que otros
tomaran parte en ello. ¡Si supieras el gran bien que ha recibido mi alma al escuchar las verdades
que te decía Jesús! Cómo todavía gotea luz y expande perfume celestial, que no sólo me da
refrigerio, sino que me sirve de luz a mí, y a quien está cerca de mí, y conforme tú haces tus
actos en el Querer Divino, yo tomo parte especial, porque me siento la semilla que tú pusiste en
mí de su Querer Santísimo”.
(9) Y yo: “Déjeme ver su alma, como es que gotea luz.” Y él abriéndose por la parte del
corazón me hacía ver su alma toda chorreando luz; esas gotas se unían, se separaban, una
corría sobre la otra, era muy bello verlo.
(10) Y él: “¿Has visto? ¡Cómo es bello escuchar las verdades! Quien no escucha las
verdades gotea tinieblas que dan horror”.
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14-13
Marzo 16, 1922
Vivir en la Divina Voluntad no tiene nada de grande
exteriormente, todo se desenvuelve entre el alma y Dios.
(1) Continuando mi habitual estado, estaba pensando entre mí: “Me siento la más mala de
todos, sin embargo mi dulce Jesús me dice que sus designios sobre mí son grandes, que la obra
que realiza en mí es tan importante que no quiere confiarla ni siquiera a los ángeles, sino que
Él mismo quiere ser el custodio, el actor y el espectador, pero, ¿qué cosa hago de grande?
Nada, mi vida externa es tan ordinaria que hago menos que los demás”. Pero mientras esto
pensaba, mi siempre amable Jesús, interrumpiendo mi pensamiento me ha dicho:
(2) “Hija mía, se ve que sin tu Jesús no sabes pensar, ni decir otra cosa que disparates,
tampoco mi querida Mamá hacía nada de extraordinario en su vida exterior, es más,
aparentemente hizo menos que cualquier otro, Ella se abajaba a las acciones más ordinarias de
la vida, hilaba, cosía, barría, encendía el fuego, ¿quién habría pensado que Ella era la Madre
de Dios? Sus acciones externas nada hacían entreverlo, y cuando me llevó en su seno,
conteniendo en Ella al Verbo Eterno, cada movimiento suyo, cada acción humana de Ella
obtenía adoración de todo lo creado, de Ella salía la vida y la conservación de todas las criaturas,
el sol dependía de Ella y de Ella esperaba la conservación de su luz y de su calor, la tierra el
desarrollo de la vida de las plantas, todo giraba en torno a Ella, Cielos y tierra estaban pendientes
de sus indicaciones, sin embargo ¿quién veía algo? Nadie. Toda su grandeza, potencia y
santidad, los mares inmensos de bienes que de Ella salían era de su interior; cada latido suyo,
respiro, pensamiento, palabra, eran un desahogo en su Creador. Entre Ella y Dios había
continuas corrientes que recibía y daba, nada salía de Ella que no hiriese a su Creador y en lo
que no quedase herida por Él. Estas corrientes la engrandecían, la elevaban, la hacían superar
todo, pero nadie veía nada, sólo Yo, su Dios e Hijo estaba al corriente de todo; entre Yo y mi
Mamá corría tal corriente, que su latido corría en el mío y el mío corría en el suyo, así que Ella
vivía de mi latido eterno y Yo de su latido materno, por eso, nuestras vidas se confundían juntas,
y era precisamente esto lo que ante Mí la hacía distinguirse como mi Madre. Las acciones
externas no me satisfacen, ni me agradan, si no parten de un interior del que Yo formo la vida.