Celestial, la tuya para cumplir la mía; una hacía honor a la otra, y como una y otra contenían la
misma medida se confundían juntas.
(3) Ahora, mi Voluntad tiene la virtud de ablandar la dureza, de endulzar la amargura, de
alargar y ensanchar las cosas pequeñas, por eso cuando sentí la cruz sobre mi hombro, sentí
también la suavidad, la dulzura de la cruz de las almas que habrían sufrido en mi Querer, ¡ah!
mi corazón tuvo un respiro de alivio, y la suavidad de las cruces de ellas hizo adaptar la cruz
sobre mi hombro, y se hundió tanto que me hizo una llaga profunda, y si bien me dio un dolor
acerbo, sentía al mismo tiempo la suavidad y la dulzura de las almas que habrían sufrido en mi
Querer. Y como mi Voluntad es eterna, su sufrir, sus reparaciones, sus actos, corrían en cada
gota de mi sangre, corrían en cada llaga, en cada ofensa; mi Querer las hacía encontrarse como
presentes a las ofensas pasadas, desde que el primer hombre pecó; a las presentes y a las
futuras; eran propiamente ellas las que me daban nuevamente los derechos de mi Querer, y Yo,
por amor de ellas decretaba la Redención, y si los demás toman parte de Ella, es por causa de
éstas que pueden hacerlo. No hay bien que Yo conceda, ni en el Cielo ni en la tierra, que no
sea por causa de ellas.”
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14-7
Febrero 26, 1922
Jesús nos cubrió de belleza en la Redención.
(1) Estaba pensando en el gran bien que el bendito Jesús nos ha hecho con redimirnos, y Él
todo bondad me ha dicho:
(2) “Hija mía, Yo creé a la criatura bella, noble, de origen eterno y divino, plena de felicidad y
digna de Mí; el pecado la derribó de esta altura y la hizo caer hasta el fondo, la desnobleció, la
deformó y la volvió la criatura más infeliz, sin poder crecer, porque el pecado le impedía el
crecimiento y la cubría de llagas, que daba horror el sólo verla. Ahora, mi Redención rescató a
la criatura de la culpa, y mi Humanidad no hizo otra cosa que, como una tierna madre con su
recién nacido, que no pudiendo tomar otro alimento, para dar la vida a su bebé, se abre el seno,
pone a su pecho a su niño, y de su sangre convertida en leche le suministra el alimento para
darle la vida. Más que madre mi Humanidad se hizo abrir en Sí misma, a golpes de látigo, tantos
orificios, casi como tantos pechos que hacían salir ríos de sangre para hacer que mis hijos,
pegándose a ellos pudieran chupar el alimento para recibir la vida y desarrollar su crecimiento,
y con mis llagas cubría su deformidad y los volvía más bellos que al principio, y si al crearlos los
hice cielos tersísimos y nobles, en la Redención los adorné tachonándolos con las estrellas
brillantísimas de mis llagas para cubrir su fealdad y volverlos más bellos; en sus llagas y
deformidad Yo ponía los diamantes, las perlas, los brillantes de mis penas, para ocultar todos
sus males y vestirlos con tal magnificencia de superar el estado de su origen, por eso con razón
la Iglesia dice: ‘Feliz culpa’, porque por la culpa vino la Redención, y mi Humanidad no sólo los
alimentó con su sangre, no sólo los vistió con su misma Persona y los adornó con su misma
belleza, sino que mis pechos están siempre llenos para alimentar a mis hijos. ¿Cuál no será la
condena de aquellos que no quieren pegarse a ellas para recibir la vida y crecer, y para ser
cubiertos en su deformidad?”
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