(3) Ahora, mis penas, mi sangre, mis carnes arrancadas a pedazos están siempre en acto de
dar vida al hombre, pero el hombre rechaza mi sangre para no recibir la vida, pisotea mis carnes
para quedar llagado, ¡oh! cómo siento el peso de la ingratitud”.
(4) Y arrojándose en mis brazos ha roto en llanto. Yo me lo he estrechado a mi corazón, pero
Él lloraba fuertemente, ¡qué desgarro ver llorar a Jesús! Habría querido sufrir cualquier pena
para no hacerlo llorar. Entonces lo he compadecido, le he besado sus llagas, le he secado las
lágrimas, y Él como reconfortado ha agregado:
(5) “¿Sabes cómo hago Yo? Como un padre que ama mucho a su hijo, y este hijo es ciego,
deforme, tullido; y el padre que lo ama hasta la locura, ¿qué hace? Se saca los ojos, se arranca
las piernas, se quita la piel y se lo da todo al hijo y dice: ‘Estoy más contento con quedar ciego,
cojo, deforme, con tal que te vea a ti, hijo mío, que puedes ver, que puedes caminar, que eres
bello”. ¡Oh, cómo está contento aquel padre porque ve a su hijo mirar con sus ojos, caminar con
sus piernas y cubierto con su belleza! ¿Pero cuál sería el dolor del padre si viera que su hijo,
ingrato, arroja de sí los ojos, las piernas, la piel, y se contenta con permanecer feo como está?
Así soy Yo, en todo he pensado, pero ellos, ingratos, forman mi más acerbo dolor”.
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14-3
Febrero 14, 1922
El contento de Jesús cuando se escribe de Él.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, mi dulce Jesús se hacía ver todo complacido y con
un contento indescriptible, y yo le he dicho: “¿Qué tienes Jesús? ¿Buenas nuevas me traes
que estás tan contento?”
(2) Y Jesús: “Hija mía, ¿sabes por qué estoy tan contento? Toda mi alegría, mi fiesta, es
cuando te veo escribir, veo verter en las palabras escritas mi gloria, mi Vida, el conocimiento de
Mí que se multiplica siempre más, la luz de la Divinidad, la potencia de mi Voluntad, el desahogo
de mi amor, todo lo veo puesto en el papel, y Yo en cada palabra siento la fragancia de todos
mis perfumes, después veo aquellas palabras escritas correr, correr en medio de los pueblos
para llevar nuevos conocimientos, mi amor desbordante, los secretos de mi Querer; ¡oh! cómo
me alegro por ello, tanto, que no sé que te haría cuando escribes; y conforme tú escribes cosas
nuevas sobre Mí y sobre lo que se relaciona Conmigo, así Yo voy inventando nuevos favores
para recompensarte, y me dispongo a decirte nuevas verdades para darte nuevos favores.
(3) Yo he amado siempre de más y he reservado gracias más grandes a quienes han escrito
de Mí, porque ellos son la continuación de mi Vida evangélica, los portavoces de mi palabra, y
lo que no dije en mi Evangelio, me lo reservé para decirlo a quien habría escrito de Mí. Yo no
terminé entonces de predicar, Yo debo predicar siempre, mientras existan las generaciones”.
(4) Y yo: “Amor mío, escribir las verdades que Tú me dices es sacrificio, pero el sacrificio se
siente más duro y casi no siento la fuerza cuando estoy obligada a escribir mis intimidades entre
Tú y yo, y lo que se refiere a mí no sé qué haría para no ponerlo en el papel”.
(5) Y Jesús: “Tú quedas siempre aparte, es siempre de Mí que tú hablas, de lo que te hago,
del amor con el que te quiero y de hasta dónde llega mi amor por las criaturas. Esto incitará a
los demás a amarme, a fin de que también ellos puedan recibir el bien que te hago a ti, y además
este mezclar a ti y a Mí al escribir es también necesario, de otra forma se podría decir: ¿A quién
ha dicho esto? ¿Con quién ha sido tan magnánimo en favorecerla? ¿Quizá al viento, al aire?
¿No se dice en mi vida que Yo fui tan magnánimo con mi Mamá? ¿Que hablé con los apóstoles,
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