habrían podido muy bien construirse una casa para abrigarse”. En suma, en cada desventura
que ve en su reino él tiene un dolor, una lágrima, y llora sobre el millón que la ingratitud del
pueblo le rechaza. Pero es tanta la bondad de este rey, que a pesar de tanta ingratitud no retira
ese millón, continúa dejándolo a disposición de todos, esperando que otras generaciones
puedan tomar el bien que los otros han rechazado, y así recibir la gloria del bien que ha hecho
a su reino. Así hago Yo, mi amor que he sacado no lo retiraré, continuará yendo errante, su
sollozo durará aún, hasta que encuentre almas que tomen de este mi amor hasta el último
centavo, a fin de que cese mi llanto y pueda recibir la gloria de la dote del amor que he puesto
fuera para bien de las criaturas. ¿Pero sabes tú quienes serán las afortunadas que harán cesar
el llanto al amor? Las almas que vivirán en mi Querer, ellas tomarán todo el amor rechazado
por las otras generaciones, con la potencia de mi Voluntad creadora lo multiplicarán cuanto
quieran y por cuantas criaturas me lo han rechazado, y entonces cesará su sollozo, y en su lugar
entrará la sonrisa de la alegría, y el amor satisfecho dará a esas afortunadas todos los bienes,
y la felicidad que las demás no han querido”.
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14-2
Febrero 9, 1922
El cuerpo desgarrado de Jesús es el verdadero retrato del hombre
que comete pecado. Jesús en la flagelación se hizo arrancar a
pedazos la carne, se redujo todo a una llaga para dar
nuevamente la vida al hombre.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, estaba siguiendo las horas de la Pasión y mi dulce
Jesús, mientras lo acompañaba en el misterio de su dolorosa flagelación, se hacía ver todo
descarnado, su cuerpo desnudo no sólo de sus vestiduras, sino también de su carne; sus huesos
se podían numerar uno por uno; su aspecto era no sólo desgarrador sino horrible al verse, tanto
que infundía temor, espanto, reverencia y amor a la vez. Yo me sentía muda ante esta escena
tan desgarradora, habría querido hacer no sé qué cosa para aliviar a mi Jesús, pero no sabía
hacer nada, la vista de sus penas me daba la muerte, y Jesús todo bondad me ha dicho:
(2) “Querida hija mía, mírame bien para que conozcas a fondo mis penas. Mi cuerpo es el
verdadero retrato del hombre que comete pecado; el pecado lo despoja de la vestidura de mi
gracia, y Yo para dársela nuevamente me hice despojar de mis vestidos; el pecado lo deforma,
y mientras es la más bella criatura que salió de mis manos, se vuelve la más fea y da asco y
horror. Yo era el más bello de los hombres, y para darle de nuevo la belleza al hombre, puedo
decir que mi Humanidad tomó la forma más fea; mírame cómo estoy horrible, me hice quitar la
piel por los azotes y quedé irreconocible. El pecado no sólo quita la belleza, sino que forma
llagas profundas, putrefactas y gangrenosas que corroen las partes más íntimas, consumen los
humores vitales, así que todo lo que el hombre hace en estado de pecado son obras muertas,
esqueléticas, el pecado le arranca la nobleza de su origen, la luz de su razón y se vuelve ciego,
y Yo para llenar la profundidad de sus llagas me hice arrancar a pedazos la carne, me reduje
todo a una sola llaga, y con derramar a ríos mi sangre hice correr los humores vitales en su
alma, para darle nuevamente la vida. ¡Ah! si no tuviera en Mí la fuente de la vida de mi Divinidad,
Yo habría muerto desde el principio de mi Pasión, porque a cada pena que me daban mi
Humanidad moría, pero ella me restituía la vida.
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