13-41
Diciem bre 15, 1921
Sólo los actos hechos en el Divino Querer se restituyen al principio
donde el alma fue creada, y toman vida en el ámbito de la eternidad.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, mi siempre amable Jesús al venir me ha dicho:
(2) “Hija mía, reordénate en Mí, ¿pero sabes cómo puedes reordenarte en Mí? Fundiéndote
enteramente en mi Querer; aun el respiro, el latido, el aire que respiras, no deben ser otra cosa
que fusiones en mi Querer, así entra el orden entre Creador y criatura y ésta regresa al principio
de donde salió. Todas las cosas están en el orden, tienen su lugar de honor, son perfectas,
cuando no se apartan del principio de donde han salido; separadas de este principio todo es
desorden, deshonor e imperfección. Sólo los actos hechos en mi Querer se restituyen al
principio en donde el alma fue creada, y toman vida en el ámbito de la eternidad, llevando a su
Creador los homenajes divinos, la gloria de su mismo Querer, todos los demás actos quedan en
lo bajo, esperando la última ora de la vida para sufrir cada uno su juicio y la pena que merece,
porque no hay acto hecho fuera de mi Voluntad, aun bueno, que pueda decirse puro, solamente
con no tener por objeto a mi Voluntad es echar lodo sobre las obras más bellas, y además, con
el solo separarse de su principio merece una pena. La Creación salió sobre las alas de mi
Querer, y sobre las mismas alas quisiera que regresara a Mí, pero en vano la espero, he aquí
por qué todo es desorden y confusión. Por eso ven en mi Querer, para darme a nombre de
todos la reparación de tanto desorden”.
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13-42
Diciembre 18, 1921
La paz es la primavera del alma.
(1) Me sentía muy oprimida y angustiada por la privación de mi dulce Jesús. Entonces,
después de una jornada de pena, ya avanzada la noche ha venido, y poniéndome sus brazos al
cuello me ha dicho:
(2) “Hija mía, ¿qué hay? Veo en ti un humor, una sombra que te vuelven desemejante de Mí
y rompen la corriente de la bienaventuranza que entre Yo y tú casi siempre ha existido. Todo
es paz en Mí, por eso no soporto en ti ni siquiera una sombra que pueda opacar tu alma; la paz
es la primavera del alma, todas las virtudes nacen, crecen y sonríen, como las plantas y las
flores, a los rayos del sol primaveral, que disponen a toda la naturaleza a producir su fruto. Si
no fuera por la primavera, que con su sonrisa encantadora sacude a las plantas del
entumecimiento del frío y viste la tierra como de un manto florido, que llama a todos con su dulce
encanto para hacerse mirar, la tierra sería horrible y las plantas acabarían secándose. Así que
la paz es la sonrisa divina que sacude al alma de todo entumecimiento, que como primavera
celestial sacude al alma del frío de las pasiones, de las debilidades, de las ligerezas, etc., y con
su sonrisa hace surgir, más que campo florido, todas las flores y hace crecer todas las plantas,
entre las cuales el Agricultor Celestial se digna pasear y tomar de ellas los frutos para hacer de
ellos su alimento, así que el alma pacífica es mi jardín, en el cual Yo me recreo y me entretengo.
La paz es luz, y todo lo que el alma piensa, habla y obra, es luz que emite y el enemigo no puede
acercarse porque se siente golpeado por esta luz, herido y deslumbrado, y para no quedar ciego
está obligado a huir. La paz es dominio, no sólo de sí mismo, sino de los demás, así que delante