2-33
Junio 11, 1899
Efectos que recibirán aquellos que se acerquen a Luisa.
(1) Mi dulce Jesús continúa haciéndose ver poquísimas veces y casi siempre en silencio. Mi
mente me la sentía toda confundida y llena de temor de perder a mi solo y único Bien y por
tantas otras cosas que no es necesario decir aquí. ¡Oh Dios, qué pena! Mientras estaba en este
estado, en cuanto se hizo ver, parecía que traía una luz, y de esta luz salían muchos globitos de
luz y Jesús me ha dicho:
(2) “Quita todo temor de tu corazón. Mira, te he traído este globo de luz para ponerlo entre tú
y Yo y entre aquellos que se acercan a ti. A aquellos que se te acerquen con corazón recto y
para hacerte el bien, estos globitos de luz que salen penetrarán en sus mentes, descenderán en
sus corazones y los llenarán de gozo y de gracias celestiales y comprenderán con claridad lo
que obro en ti; aquellos que vengan con otras intenciones experimentarán lo contrario, y por
estos globitos de luz quedarán deslumbrados y confundidos.”
Así he quedado más tranquila. Sea todo para gloria de Dios.
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2-34
Junio 12, 1899
Jesús mismo la prepara para la comunión.
(1) Esta mañana, debiendo recibir la comunión, estaba pidiendo al buen Jesús que viniera Él
mismo a prepararme, antes de que viniera el confesor para celebrar la santa misa. ¿De otra
manera cómo podré recibirte, siendo tan mala y estando indispuesta? Mientras esto hacía, mi
dulce Jesús se ha complacido en venir, en el momento mismo en que lo vi, me parecía que no
hacía otra cosa que saetearme con sus miradas purísimas y resplandecientes de luz. ¿Quién
puede decir lo que obraban en mí aquellas miradas penetrantes que no dejaban escapar ni
siquiera la sombra de un pequeño defecto? Es imposible poderlo decir; es más, habría querido
dejar todo esto en silencio, porque las operaciones internas de la gracia difícilmente se saben
exponer tal cual son con la boca, parece más bien que se desfiguran. Pero la señora obediencia
no quiere y cuando es por ella, se necesita cerrar los ojos y ceder sin decir nada más, de otra
manera, ¡ay! por todas partes, porque siendo señora, por sí misma se hace respetar.
(2) Entonces sigo diciendo: “En la primera mirada, le he pedido a Jesús que me purificase, y
así me parecía que de mi alma se sacudiera todo lo que la ensombrecía. En la segunda mirada,
le he pedido que me iluminara, porque ¿en qué le aprovecha a una piedra preciosa ser pura si
no está resplandeciente para atraer las miradas de aquellos que la miran? La mirarán, sí, pero
con ojos indiferentes. Tanto más Yo, que no sólo debía ser mirada, sino identificada con mi dulce
Jesús, tenía necesidad de aquella luz, que no sólo me volvía el alma resplandeciente, sino que
me hacía entender la gran acción que estaba por realizar, por eso no me bastaba ser purificada,
sino también iluminada. Entonces Jesús en aquella mirada parecía que me penetrara, como la
luz del sol penetra el cristal. Después de esto, viendo que Jesús seguía mirándome, le he dicho:
“Amantísimo Jesús, ya que te has complacido primero en purificarme y después en iluminarme,
dígnate ahora santificarme, mucho más, que debiendo recibirte a Ti, que eres el Santo de los
santos, no es justo que yo sea tan diversa de Ti”.
(3) Entonces Jesús, siempre benigno hacia esta miserable, se inclinó hacia mí, tomó mi alma
entre sus brazos y parecía que con sus propias manos toda la retocaba, ¿quién puede decir lo
que obraban en mí aquellos toques de esas manos creadoras? Cómo mis pasiones ante