es porque al chupar, a veces parecía que lo hacía un poco fuerte, tanto que parecía que con
aquellas chupadas quería jalar el corazón de dentro del pecho. Por eso sentía sensiblemente
un dolor y el alma regresando en mí misma lo participaba al cuerpo.
(10) Esto además sucede también en las otras cosas, como por ejemplo cuando el Señor me
transporta fuera de mí misma y me hace partícipe de la crucifixión. Jesús mismo me extiende
sobre la cruz, me traspasa las manos y los pies con los clavos y siento un dolor tal, que me
siento morir, después, encontrándome en mí misma, los siento muy bien en el cuerpo, tan es
verdad que no puedo mover los dedos, los brazos, y así de los demás sufrimientos de los que
el Señor me hace partícipe, si tuviera que decir todo, me alargaría demasiado.
(11) Recuerdo también que mientras Jesús hacía esto de chupar mis pechos, en ellos ponía
la boca, pero del corazón era de donde me sentía salir aquella cosa que chupaba, tanto, que
mientras esto hacía, a veces me sentía arrancar el corazón del pecho y algunas veces sintiendo
vivísimo dolor le decía: “Querido mío, de veras que eres demasiado impertinente, hazlo más
quedo, pues me duele mucho”. Y Él se reía.
(12) Así también cuando me encuentro yo chupando a Jesús, es de su corazón que saco esa
leche, o bien sangre, tanto que para mí, es lo mismo chupar de su pecho que si bebo de su
costado. Agrego también otra cosa, que el Señor de vez en cuando se digna verter de la boca
una leche dulcísima, o bien me hace beber de su costado su preciosísima sangre, y cuando
hace esto de querer chupar de mí, no chupa otra cosa que aquello mismo que Él me ha dado,
porque yo no tengo nada para endulzarlo, sino mucho para amargarlo. Tan es verdad, que a
veces en el momento mismo que Él chupaba de mí, yo chupaba de Él y advertía claramente que
lo que salía de mí no era otra cosa sino lo mismo que Él me daba, parece que me he explicado
suficientemente por cuanto he podido.
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2-32
Junio 9, 1899
Jesús le hace ver las ofensas que recibe.
(1) Esta mañana la he pasado muy angustiada por la vista de las tantas ofensas que hacían
los hombres, especialmente por ciertas deshonestidades horrendas. Cuánta pena daba a Jesús
la pérdida de las almas, mucho más la de un niño recién nacido que querían matar sin
administrarle el santo bautismo. A mí me parece que este pecado pesa tanto en la balanza de
la divina justicia, que es de los que más claman venganza ante Dios, no obstante muy
frecuentemente se renuevan estas escenas dolorosas. Mi dulcísimo Jesús estaba tan afligido
que daba piedad. Viéndolo en tal estado no me atreví a decirle nada y Jesús sólo me ha dicho:
(2) “Hija mía, une tus sufrimientos con los míos, tus oraciones a las mías, así, delante a la
majestad de Dios son más aceptables y aparecen no como cosas tuyas, sino como obras mías”.
(3) Después ha seguido haciéndose ver otras veces, pero siempre en silencio. Sea siempre
bendito el Señor.
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80 sig