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Octubre 29, 1921
Las penas que sufrió Jesús en las tres horas de prisión
(1) Esta noche la he pasado en vigilia, y mi mente frecuentemente volaba a mi Jesús atado
en la prisión, quería abrazarme a aquellas rodillas que temblaban por la cruel y dolorosa posición
en la que los enemigos lo habían atado, quería limpiarlo de aquellos salivazos con los que lo
habían ensuciado. Pero mientras esto pensaba, mi Jesús, mi vida, se ha dejado ver como entre
densas tinieblas, en las cuales apenas se descubría su adorable persona, y sollozando me ha
dicho:
(2) “Hija, los enemigos me dejaron solo en la prisión, atado horriblemente y en la oscuridad,
así que en torno a Mí todo era densas tinieblas; ¡oh!, cómo me afligía esta oscuridad, tenía las
vestiduras bañadas por las sucias aguas del torrente cedrón, sentía la peste de la prisión y de
los salivazos con los que estaba cubierto, tenía los cabellos en desorden, sin una mano piadosa
que me los quitara de los ojos y de la boca, las manos atadas por las cadenas, y la oscuridad
no me permitía ver mi estado, ay de Mí, demasiado doloroso y humillante. ¡Oh, cuántas cosas
decía este mi estado tan doloroso en esta prisión! En la prisión estuve tres horas, con esto quise
rehabilitar las tres edades del mundo: La de la ley natural, la de la ley escrita, y la de la ley de
la gracia; quería liberarlos a todos, reuniéndolos a todos juntos y darles la libertad de hijos míos.
Con estar tres horas quise también rehabilitar las tres edades del hombre: La niñez, la juventud
y la vejez, quise rehabilitarlo cuando peca por pasión, por voluntad y por obstinación. ¡Oh! cómo
la oscuridad que veía en torno a Mí me hacía sentir las densas tinieblas que produce la culpa
en el hombre, ¡oh! cómo lo lloraba y le decía: “Oh hombre, son tus culpas las que me han
arrojado en estas densas tinieblas, las cuales sufro para darte la luz, son tus infamias quienes
así me han ensuciado, a las cuales la oscuridad no me permite ni siquiera ver; mírame, soy la
imagen de tus culpas, si quieres conocerlas míralas en Mí”.
(3) También debes saber que en la última hora que estuve en la prisión despuntó el alba, y
por las fisuras entró algún resplandor de luz, ¡oh! cómo respiró mi corazón al poderme ver, mi
estado tan doloroso, pero esto significaba cuando el hombre cansado de la noche de la culpa,
la gracia como alba se pone en torno a él, mandándole resplandores de luz para llamarlo, por
eso mi corazón dio un suspiro de alivio, y en esta alba te vi a ti, mi amada prisionera, a quien mi
amor debía atar en este estado, y que no me habrías dejado solo en la oscuridad de la prisión,
sino que esperando el alba a mis pies, y siguiendo mis suspiros, habrías llorado Conmigo la
noche del hombre; esto me alivió y ofrecí mi prisión para darte la gracia de seguirme. Pero otro
significado contenía esta prisión y esta oscuridad, y era mi larga permanencia en la prisión en
los tabernáculos, la soledad en la cual soy dejado, en la que muchas veces no tengo a quién
decir una palabra o darle una mirada de amor; otras veces siento en la santa hostia la impresión
de los toques indignos, la peste de manos purulentas y enfangadas, y no hay quien me toque
con manos puras y me perfume con su amor, y cuántas veces la ingratitud humana me deja en
la oscuridad, sin la mísera luz de una lamparita, así que mi prisión continúa y continuará. Y
como ambos somos prisioneros, tú prisionera en tu lecho sólo por amor a Mí, y Yo prisionero
por ti, atemos, con las cadenas que me tienen atado, a todas las criaturas con mi amor, así nos
haremos compañía recíprocamente y me ayudarás a extender las cadenas para atar todos los
corazones a mi amor”.
(4) Después estaba pensando para mí: “Qué pocas cosas se saben de Jesús, mientras que
ha hecho tanto, ¿por qué han hablado tan poco de todo lo que mi Jesús hizo y sufrió? Y
regresando de nuevo ha agregado:
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