(19) “Tú quieres ser apresurada, pero Yo hago todo a su tiempo”.
(20) Después le encomendé las personas que me pertenecen y pedí por los pecadores
diciendo a Jesús: “¡Oh, cuánto deseo que mi cuerpo se redujera en pequeñísimos pedazos, con
tal que los pecadores se convirtiesen!” Y besé la frente, los ojos, el rostro, la boca de Jesús,
haciendo varias adoraciones y reparaciones por las ofensas que le hacían los pecadores. ¡Oh,
cómo estaba contento Jesús y yo también! Después, haciéndome prometer por Jesús que no
me volvería a dejar, he regresado en mí misma y así ha terminado.
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2-31
Junio 8, 1899
Jesús chupa a ella y ella chupa el pecho a Jesús.
(1) Mi adorable Jesús continúa haciéndose ver todo benignidad y dulzura. Esta mañana
mientras me encontraba junto con Él, de nuevo me ha repetido: “Dime, ¿qué quieres?” Y yo
enseguida le dije: “Querido Jesús mío, lo que en verdad quisiera es que todo el mundo se
convirtiera”. (Qué petición tan disparatada) Pero aun así mi amante Jesús me ha dicho:
(2) “Te contentaría con tal que todos tuvieran la buena voluntad de salvarse, sin embargo para
hacerte ver que de buena gana consentiría a todo lo que has dicho, vayamos juntos en medio
del mundo, y todos aquellos que encontremos con la buena voluntad de salvarse, por cuan
malos sean, Yo te los daré”.
(3) Así hemos salido en medio de las gentes para ver quién tenía la buena voluntad de
salvarse, y con sumo disgusto nuestro encontramos un número tan escaso, que da pena el sólo
pensarlo. Y entre este escasísimo número estaba mi confesor y la mayor parte de los sacerdotes
y parte de las almas devotas, pero no todos de Corato. Después me ha hecho ver las varias
ofensas que recibía, yo le he pedido que me hiciera partícipe de sus sufrimientos, y Jesús ha
vertido de su boca en la mía sus amarguras. Después de esto me ha dicho:
(4) “Hija mía, siento la boca demasiado amargada, anda, ¡ah! te pido que la endulces”.
(5) Yo le he dicho: “Con gusto te daría todo, pero no tengo nada, dime Tú mismo qué cosa te
podría dar”. Y Él me ha dicho:
(6) “Hazme chupar la leche de tus pechos, y así podrás endulzarme”.
(7) Y en el mismo instante de decirlo se ha acurrucado entre mis brazos y se puso a chupar.
Mientras esto hacía me ha venido un temor, que no fuese el niño Jesús, sino el demonio, por
eso puse mi mano sobre su frente y le hice la señal de la cruz: “Per signum Crucis”. Y Jesús me
miró todo festivo, y en el acto mismo de chupar sonreía, y con aquellos ojos vivaces parecía que
me decía: “No soy demonio, no soy demonio”.
(8) Después cuando parecía que se había saciado, se puso de pie en mis brazos y me besaba
toda. Ahora, sintiéndome también yo la boca amarga por las amarguras que había vertido en
mí, me sentía venir las ganas de chupar los pechos de Jesús, pero no me atrevía, entonces
Jesús me ha invitado a hacerlo y así he tomado valor y me he puesto a chupar, ¡oh, qué dulzura
de paraíso venía de aquel pecho santo! ¿Pero quién puede decirla? Entonces me encontré en
mí misma toda inundada de dulzuras y de contentos.
(9) Ahora explico que cuando Jesús chupa de mis pechos, el cuerpo no participa para nada,
pues es cuando me encuentro fuera de mí misma, parece que la cosa sucede sólo entre el alma
y Jesús, y Él cuando quiere hacer esto, es siempre como niño. Es tan cierto que es sólo el alma
y no el cuerpo, que cuando sucede esto yo me encuentro siempre, o en la bóveda del cielo, o
bien girando por otros puntos de la tierra. Ahora, como en algunas ocasiones he dicho que
regresando en mí misma sentía un dolor en aquella parte en que el niño Jesús había chupado,
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