(6) “Hija mía, cuando fui presentado ante Caifás era pleno día, y era tanto el amor que Yo tenía
hacia las criaturas, que salía en este último día ante el pontífice todo deformado, llagado, para
recibir la condena de muerte; pero cuantas penas debía costarme esta condena, y Yo estas
penas las convertía en días eternos, con los cuales circundaba a cada una de las criaturas, a fin
de que alejándole las tinieblas, cada una encontrara la luz necesaria para salvarse y ponía a su
disposición mi condena de muerte para que encontraran en ella su vida. Así que cada pena y
cada bien que Yo hacía, era un día de más que daba a la criatura; y no sólo Yo, sino también el
bien que hacen las criaturas es siempre día que forman, así como el mal es noche. Sucede
como cuando una persona tiene una luz y se encuentran cerca de ella diez, veinte personas, a
pesar de que la luz no es de todas, sino de una sola, las otras gozan de la luz, pueden trabajar,
leer, y mientras ellas se aprovechan de la luz, no hacen ningún daño a la persona que la posee.
Así sucede con el bien obrar, no sólo es día para ella, sino que puede hacer el día a quién sabe
cuántas otras; el bien es siempre comunicativo y mi amor no sólo me incitaba a Mí, sino que
daba la gracia a las criaturas que me aman de formar tantos días en provecho de sus hermanos,
por cuantas obras buenas van haciendo”.
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13-20
Septiembre 28, 1921
Jesús es luz y todo lo que de Él sale es luz, que
difundiéndose en medio de todas las criaturas
se sustituye como vida de cada una de ellas.
(1) Continuando mi habitual estado, mi siempre amable Jesús se hacía ver junto a mí, con el
corazón todo en llamas, y de cada latido que daba su corazón salía una luz, estas luces me
circundaban toda y se difundían sobre toda la Creación. Yo he quedado sorprendida, y Jesús
me ha dicho:
(2) “Hija mía, Yo soy luz eterna, y todo lo que sale de Mí es luz, así que no es solamente mi
latido el que emana luz, sino cada pensamiento mío, respiro, palabra, paso, cada gota de mi
sangre es luz que se desprende de Mí, y que difundiéndose en medio de todas las criaturas, se
sustituye como vida de cada una de ellas, queriendo la correspondencia de sus pequeñas luces,
porque también ellas son luz, pues también ellas han salido de dentro de mi misma luz, pero el
pecado convierte en tinieblas el obrar de la criatura.
(3) Hija mía, amo tanto a la criatura, que la concebí en mi aliento y la parí sobre mis rodillas,
para hacerla reposar sobre mi seno y tenerla al seguro, pero la criatura me huye, y Yo, no
sintiéndola en mi aliento ni encontrándola sobre mis rodillas, mi aliento la llama continuamente,
y mis rodillas están cansadas de esperarla y la voy buscando por todas partes para tenerla
Conmigo de regreso. ¡Ah, en qué estrecheces de dolor y de amor me ponen las criaturas!”
(4) Después de esto, habiendo yo oído hablar de la humildad, estoy convencida de que esta
virtud no existe en mí, ni yo pienso en ella jamás; y al venir mi dulce Jesús le he dicho mi pena,
y Él me ha dicho:
(5) “Hija mía, no temas, Yo te he crecido en el mar, y quien vive en el mar no se entiende de
la tierra. Si se quisiera preguntar a los peces cómo es la tierra, cómo son sus frutos, las plantas,
las podía, no meditar, sino vivir todos los días, pues no importando qué hacía, si no estaba en su “habitual estado” las tenía
presentes.
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