quieres y no me encuentras, es para ti una muerte real, porque verdaderamente no me ves, no
me sientes; para ti es muerte, es martirio, y lo que a ti es muerte, a los demás puede ser vida”.
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La suerte Sacramental de Jesús es
más dura aún que su suerte infantil.
12-144
Diciembre 25, 1920
(1) Encontrándome en mi habitual estado, me he encontrado fuera de mí misma, y junto con
Jesús hacía un largo camino, y en este camino ahora caminaba con Jesús, ahora me encontraba
con la Mamá Reina; si desaparecía Jesús me encontraba la Mamá, y si desaparecía la Mamá
encontraba a Jesús; en este camino me han dicho muchas cosas; Jesús y la Mamá eran muy
afables, con una dulzura que encantaba, y yo he olvidado todo, mis amarguras, aun sus mismas
privaciones, creía que no los perdería más. ¡Oh, cómo es fácil olvidar el mal ante el bien! Ahora,
al final del camino la Celestial Mamá me ha tomado en sus brazos, yo era pequeña, pequeña y
me ha dicho:
(2) “Hija mía, quiero confirmarte en todo”.
(3) Y parecía que con su santa mano me signara la frente, como si escribiera y pusiera un
sello; después como si escribiera en los ojos, en la boca, en el corazón, en las manos y pies, y
luego ponía en ellos el sello. Yo quería ver lo que Ella me escribía, pero no sabía leer lo escrito,
sólo en la boca he visto unas letras que decían: “Aniquilamiento de todo gusto”. Y de inmediato
he dicho: “Gracias Mamá que me quitas todo gusto que no sea Jesús”. Quería comprender
más, pero la Mamá me ha dicho:
(4) “No es necesario que lo sepas, ten confianza en Mí, te he hecho lo que se necesitaba”.
(5) Me ha bendecido y ha desaparecido, y me he encontrado en mí misma. Después ha
regresado mi dulce Jesús, era un tierno niño, gemía, lloraba y temblaba por el frío; se ha arrojado
en mis brazos para que lo calentara; yo me lo he estrechado fuerte, fuerte, y según mi costumbre
me fundía en su Querer para encontrar los pensamientos de todos junto con los míos y circundar
al tembloroso Jesús con las adoraciones de todas las inteligencias creadas; las miradas de
todos, para hacerlas mirar a Jesús y distraerlo del llanto; las bocas, las palabras, las voces de
todas las criaturas, a fin de que todas lo besaran para no hacerlo gemir y con su aliento lo
calentaran. Mientras esto hacía, el niñito Jesús no gemía más, ha cesado de llorar, y
habiéndosele quitado el frío me ha dicho:
(6) “Hija mía, ¿has visto qué cosa me hacía temblar, llorar y gemir? El abandono de las
criaturas. Tú me las has puesto a todas en torno a mí, me he sentido mirado, besado por todas
y he calmado mi llanto, pero has de saber que mi suerte Sacramental es más dura aún que mi
suerte infantil: La gruta, si bien fría, era espaciosa, tenía aire para respirar; la hostia también es
fría, es tan pequeña que casi me falta el aire. En la gruta tuve un pesebre con un poco de heno
por lecho, en mi Vida Sacramental aun el heno me falta, y por lecho no tengo más que metales
duros y helados. En la gruta tenía a mi amada Mamá que frecuentemente me tomaba con sus
purísimas manos y me cubría con besos ardientes para calentarme, me calmaba el llanto, me
nutría con su leche dulcísima; todo lo contrario en mi Vida Sacramental, no tengo una Mamá, si
me toman, siento el toque de manos indignas, manos que huelen a tierra y a estiércol; ¡oh! cómo
siento más esta peste que la del estiércol de la gruta, en vez de cubrirme con besos me tocan
con actos irreverentes, y en vez de leche me dan la hiel de los sacrilegios, de los descuidos, de
las frialdades. En la gruta, San José no dejó que me faltara una lamparita de luz en las noches;
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