12-134
Junio 10, 1920
La Humanidad de Nuestro Señor vivía entre el Cielo y
la tierra. Para quien vive en el Divino Querer, lo que
Él hace lo debe hacer el alma.
(1) Me sentía sola y muy afligida, sin apoyo de nadie, y mi dulce Jesús me ha estrechado
entre sus brazos, elevándome en el aire y me ha dicho:
(2) “Hija mía, mi Humanidad cuando vivía sobre la tierra, vivía a medio aire, entre el Cielo y la
tierra, teniendo toda la tierra debajo y todo el Cielo sobre de Mí, y viviendo de este modo Yo
buscaba atraer a toda la tierra en Mí, y a todo el Cielo, y hacer de ellos una sola cosa. Si Yo
hubiera querido vivir a ras de tierra no habría podido atraer todo en Mí, a lo más algún punto.
Es cierto que el vivir a medio aire me costó mucho, no tenía ni dónde apoyarme ni en quién
apoyarme, y sólo las cosas de estrecha necesidad eran dadas a mi Humanidad, por lo demás
estaba siempre solo y sin ningún consuelo, pero esto era necesario, primero por la nobleza de
mi persona a la que no convenía vivir en lo bajo, con apoyos humanos viles e inconstantes;
segundo, por el gran oficio de la Redención, que debía tener la supremacía sobre todo, por lo
tanto me convenía vivir en lo alto, sobre todos.
(3) Ahora, a quien llamo a mi semejanza la pongo en las mismas condiciones en las que puse
a mi Humanidad, por eso tu apoyo soy Yo, mis brazos son tu sostén, y haciéndote vivir en mis
brazos a medio aire, te pueden llegar sólo las cosas de extrema necesidad. Para quien vive en
mi Querer, desapegada de todos, dedicada toda a Mí, todo lo que no es de extrema necesidad
son cosas viles y un degradarse de su nobleza, y si le vienen dados los apoyos humanos, siente
el mal olor de lo humano y ella misma los aleja”.
(4) Después ha agregado: “Conforme el alma entra en mi Querer, su querer queda atado con
mi Querer Eterno, y a pesar de que ella no piense en esto, habiendo quedado atado su querer
al mío, lo que hace mi Querer hace el suyo, y corre junto Conmigo para bien de todos”.
+ + + +
12-135
Junio 22, 1920
La santidad de la Humanidad de Jesús fue el pleno desinterés.
(1) Estaba según mi costumbre llevando a mi dulce Jesús a toda la familia humana, rezando,
reparando, sustituyéndome a nombre de todos por lo que cada uno está en deber de hacer, pero
mientras esto hacía un pensamiento me ha dicho: “Piensa y ruega por ti misma, ¿no ves a qué
estado tan penoso te has reducido?” Y casi me disponía a hacerlo, pero mi Jesús moviéndose
en mi interior y atrayéndome hacia Él me ha dicho:
(2) “Hija mía, ¿por qué quieres apartarte de mi semejanza? Yo jamás pensé en Mí mismo, la
santidad de mi Humanidad fue el completo desinterés, nada hice para Mí, sino que todo lo sufrí
y lo hice para las criaturas. Mi amor puede decirse verdadero porque estuvo sellado por mi
propio desinterés, donde está el interés no se puede decir que hay una fuente de verdad; el alma
con el desinterés propio se pone delante de todos, y mientras se pone delante, el mar de mi
gracia la toma por detrás, inundándola, de manera que la hace quedar toda sumergida en él sin
que ni siquiera ella lo advierta; en cambio quien piensa en sí misma es la última, y el mar de mi