(2) “Hija mía, ¿y por qué los sacramentos se llaman sacramentos? Porque son sagrados,
tienen el valor y el poder de conferir la gracia, la santidad, pero estos sacramentos obran según
las disposiciones de las criaturas, tanto que muchas veces quedan hasta infructuosos, sin poder
conferir los bienes que contienen. Ahora, mi Voluntad es sagrada, es santa, y contiene toda
junta la virtud de todos los sacramentos, y no sólo esto, sino que no necesita trabajar para
disponer al alma a recibir los bienes que contiene mi Voluntad, porque en cuanto el alma se ha
dispuesto a hacer mi Voluntad, se ha dispuesto por sí misma a recibirlos, y mi Voluntad
encontrando todo preparado y dispuesto, aun a costa de cualquier sacrificio, sin tardanza se
comunica al alma, derrama en ella los bienes que contiene y forma los héroes, los mártires del
Divino Querer, los portentos más inauditos, y además, qué hacen los sacramentos sino unir al
alma con Dios. Y ¿qué cosa es hacer mi Voluntad? ¿No es acaso unir la voluntad de la criatura
con su Creador? Perderse en el Querer eterno, la nada subir al Todo, el Todo descender en la
nada; es el acto más noble, más divino, más puro, más bello, más heroico que la criatura puede
hacer. ¡Ah! sí, te lo confirmo, te lo repito, mi Voluntad es sacramento y sobrepasa a todos los
sacramentos juntos, pero en modo más admirable, sin intervención de nadie, sin ninguna
materia; el sacramento de mi Voluntad se forma entre mi Voluntad y la del alma, las dos
voluntades se anudan juntas y forman el sacramento; mi Voluntad es Vida y el alma está ya
dispuesta a recibir la Vida; es santa, y recibe la santidad; es fuerte, y recibe la fuerza, y así de
todo lo demás. En cambio mis otros sacramentos, cuánto deben trabajar para disponer a las
almas, si es que lo logran. Y estos canales que he dejado a mi Iglesia, ¿cuántas veces quedan
maltratados, despreciados, conculcados? Y algunos se sirven de ellos para ensuciarse y los
ponen contra de Mí para ofenderme. ¡Ah, si tú supieras los sacrilegios enormes que se hacen
en el sacramento de la confesión y los abusos horrendos del sacramento de la Eucaristía,
llorarías junto Conmigo por el gran dolor! ¡Ah! sí, sólo el sacramento de mi Voluntad puede
cantar gloria y victoria, sólo él es pleno en sus efectos y es intangible de ser ofendido por la
criatura, porque para entrar en mi Voluntad debe dejar su voluntad, sus pasiones; y sólo
entonces mi Voluntad se abaja a ella, la inviste, la funde, y de ella hace portentos. Por eso
cuando hablo de mi Voluntad hago fiesta, no la termino jamás, es plena mi alegría, no entra
amargura entre Yo y el alma; en cambio en los otros sacramentos mi corazón nada en el dolor,
el hombre me los ha cambiado en fuentes de amarguras, mientras que Yo se los he dado como
tantas fuentes de gracia”.
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En cada acto que el alma hace en la Divina Voluntad,
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Enero 1, 1920
Jesús queda multiplicado como en las Hostias Sacramentales.
(1) Continuando mi habitual estado, me parecía que mi siempre amable Jesús salía de mi
interior, y mirándolo lo veía todo bañado en lágrimas, hasta sus vestidos, sus santísimas manos
estaban cubiertas de lágrimas, ¡qué dolor! Yo he quedado conmovida y Jesús me ha dicho:
(2) “Hija mía, qué trastorno hará el mundo, los flagelos correrán más dolorosos que antes,
tanto que no hago más que llorar su triste suerte”.
(3) Después ha agregado: “Hija mía, mi Voluntad es como una rueda, y quien en Ella entra
queda encerrado dentro, y no encuentra abertura para salir de Ella, y todo lo que hace queda
fijado al punto eterno y desemboca en la rueda de la eternidad. ¿Pero sabes cuáles son los
vestidos del alma que vive en mi Querer? No son de oro, sino de luz purísima, y esta vestidura
de luz le servirá como espejo para hacer ver a todo el Cielo cuantos actos ha hecho en mi
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