sentir el rechazo, el olvido, los rigores, la separación que merecía toda la naturaleza humana.
Estas penas para Mí eran las más amargas, y por cuanto más fundido con la Divinidad, tanto
más me resultaba doloroso sentir el alejamiento; mientras estaba unido y amado, sentirme
olvidado; honrado y sentir el rechazo; santo y verme cubierto con todas las culpas; qué contraste,
qué penas, tanto, que para sufrir esto se necesitaba un milagro de mi omnipotencia. Ahora, mi
justicia quiere la renovación de estas penas de mi Humanidad, pero quién podía sentirlas sino a
quien había fundido Conmigo, honrado tanto de llamarla a vivir en la altura de mi Querer, desde
cuyo centro toma todas las partes de todas las generaciones, las une y me repara, me ama, se
sustituye a todas las criaturas, y mientras esto hace siente el olvido, el rechazo, la separación
de quien forma su misma vida. Estas son penas que sólo tu Jesús puede calcular, pero en
ciertas circunstancias me son necesarias, tanto que estoy obligado a esconderte más en Mí para
no hacerte sentir toda la acerbidad del dolor; y mientras te escondo, Yo repito lo que hacía y
sufría mi Humanidad, por eso cálmate, este estado terminará para hacerte adentrar en otros
pasos de mi Humanidad. Cuando sientas que no puedes más, abandónate más en Mí y oirás a
tu Jesús que ruega, sufre, repara, y tú sígueme, y Yo seré actor y tú espectadora, y cuando
hayas descansado tomarás la parte de actriz y Yo seré espectador; así nos alternaremos
mutuamente”.
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12-117
Diciembre 6, 1919
El alma en la Divina Voluntad da a Dios el amor que no darán
las almas perdidas. Dios al crear al hombre lo dejó libre
y le dio el poder de hacer el bien que quiere.
(1) No siento la fuerza de escribir mis dolorosas penas, digo sólo algunas palabras que mi
dulce Jesús me había dicho y que yo no pensaba escribir, pero Jesús reprochándomelo, me
hizo decidir el escribirlas.
(2) Recuerdo que una noche estaba haciendo la adoración a mi crucificado Jesús y le decía:
“Amor mío, en tu Querer encuentro todas las generaciones, y yo a nombre de toda la familia
humana te adoro, te beso, te reparo por todos; tus llagas, tu sangre se las doy a todos, a fin de
que todos encuentren su salvación. Y si las almas perdidas no pueden ya aprovecharse de tu
santísima sangre, ni amarte, la tomo yo por ellas para hacer lo que deberían hacer ellas, no
quiero que tu amor quede defraudado por parte de las criaturas, por todos quiero suplir,
repararte, amarte, desde el primero hasta el último hombre”. Mientras esto y otras cosas decía,
mi dulce Jesús me puso los brazos al cuello y estrechándome me dijo:
(3) “Hija mía, eco de mi Vida, mientras tú rezabas mi misericordia se endulzaba y mi justicia
perdía la aspereza, y no sólo en el tiempo presente, sino también en el tiempo futuro, porque tu
oración permanecerá en acto en mi Voluntad, y en virtud de ella mi misericordia dulcificada
correrá más abundante, y mi justicia será menos rigorosa, y no sólo esto, sino que escucharé
las notas de amor de las almas perdidas, y mi corazón sentirá hacia ti un amor de especial
ternura, al encontrar en ti el amor que me debían dar estas almas y derramaré en ti las gracias
que tenía preparadas para ellas”.
(4) Otra vez me dijo: “Hija mía, amo tanto a la criatura, que al crear el cielo, las estrellas, el
sol y toda la naturaleza, no les dejé ninguna libertad, así que el cielo no puede agregar una
estrella más, ni quitar ninguna; ni el sol perder o agregar una gota de luz de más; en cambio al
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