Yo me sentía reparado por las tantas muertes que se dan las almas con el pecado, y tú tomabas
parte en las tantas muertes que he sufrido. Cuando te sentías fría era otra pequeña muerte que
sentías, y venías a tomar parte en la frialdad de las criaturas, que quisieran enfriar mi amor, pero
mi amor triunfante sobre su frialdad, la absorbe en Mí para sentir la muerte de su frialdad, y doy
a ellas más ardiente amor; así de todas tus otras penas, eran los males opuestos de las criaturas,
que como tantas pequeñas muertes te hacían tomar parte en mis muertes. Y además, ¿no
sabes que mi justicia cuando está obligada por la impiedad de los pueblos a derramar nuevos
flagelos te suspende las penas? Los males serán tan graves que hacen horrorizar, sé que esto
es una pena para ti, pero también Yo tuve esta pena, habría querido liberar a las criaturas de
todas las penas, tanto en el tiempo como en la eternidad, pero esto no me fue concedido por la
Sabiduría del Padre, y debí resignarme. ¿Tal vez quisieras tú superar a mi misma Humanidad?
¡Ah, hija mía, ninguna especie de santidad es sin cruz, ninguna virtud se adquiere sin la unión
con las penas! Sin embargo debes saber que te pagaré con usura todas mis privaciones y las
mismas penas que querrías sufrir y no sufres”.
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12-108
Junio 27, 1919
El corazón de Jesús: Manantial de gloria y de gracias.
(1) Continuando mi habitual estado, mi amable Jesús me hacía ver su corazón santísimo
diciéndome:
(2) “Hija mía, por cuantas virtudes practicó mi corazón, tantas fuentes se formaron en él, y
conforme se formaban, así salían innumerables ríos, que brotando hasta el Cielo glorificaban
dignamente al Padre a nombre de todos, y estos ríos, desde el Cielo descendían para bien de
todas las criaturas. Ahora, también las criaturas conforme practican las virtudes, en sus
corazones se forman las pequeñas fuentes que hacen brotar sus pequeños ríos, que se cruzan
con los míos, y brotando junto con los míos glorifican al Padre Celestial y descienden para
provecho de todos, y forman tal armonía entre el Cielo y la tierra, que los mismos ángeles quedan
sorprendidos ante tan encantadora vista. Por eso sé atenta en practicar las virtudes de mi
corazón, para hacerme abrir los manantiales de mis gracias”.
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12-109
Julio 11, 1919
Los cielos del alma.
(1) Paso días amarguísimos, mi amable Jesús poco o nada se hace ver, o como relámpago y
de carrera. Recuerdo que una noche se hizo ver cansado y agotado, y traía como un atado de
almas en los brazos, y mirándome me ha dicho:
(2) “¡Ah! hija mía, será tal y tan grande la matanza que harán, que se salvará sólo este puñado
de almas que llevo entre mis brazos; ¡a qué locura ha llegado el hombre! Tú no te turbes, seme
fiel en mi ausencia y después de la borrasca te pagaré con usura todas mis privaciones,
multiplicándote al doble mis visitas y mis gracias”.
(3) Y casi llorando ha desaparecido. Es inútil decir el tormento de mi pobre corazón.