(1) Estaba pensando en la Pasión de mi siempre amable Jesús, especialmente cuando se
encontró bajo la tempestad de los flagelos y pensaba entre mí: “¿Cuándo Jesús pudo sufrir
más, en las penas que la Divinidad le había hecho sufrir en todo el curso de su Vida, o bien en
el último día en las que le dieron los judíos?” Y mi dulce Jesús con una luz que mandaba a mi
inteligencia me ha dicho:
(2) “Hija mía, las penas que me dio la Divinidad superan por mucho las penas que me dieron
las criaturas, tanto en la potencia como en la intensidad y multiplicidad y en la duración, pero no
hubo ni injusticia ni odio, sino sumo amor, acuerdo de las Tres Divinas Personas, empeño que
Yo había tomado sobre de Mí de salvar a las almas a costa de sufrir tantas muertes por cuantas
criaturas salían a la luz de la Creación, y que el Padre con sumo amor me había otorgado. En
la Divinidad no existe ni puede existir ni la injusticia ni el odio, por tanto era incapaz de hacerme
sufrir estas penas, pero el hombre con el pecado había cometido suma injusticia, odio, etc., y
Yo para glorificar al Padre completamente debía sufrir la injusticia, el odio, las burlas, etc., he
aquí por qué el último de mis días mortales sufrí la Pasión por parte de las criaturas, donde
fueron tantas las injusticias, los odios, las burlas, las venganzas, las humillaciones que me
hicieron, que a mi pobre Humanidad la convirtieron en el oprobio de todos, hasta tal punto que
no parecía que fuera hombre, me desfiguraron tanto que ellos mismos tenían horror de mirarme,
era la abyección y el desecho de todos, así que podría llamarlas dos Pasiones distintas. Las
criaturas no me podían dar tantas muertes ni tantas penas por cuantas criaturas y pecados
habrían ellas de cometer, eran incapaces, y por eso la Divinidad tomo el empeño, pero con sumo
amor y de acuerdo entre Nosotros. Por otro lado, la Divinidad era incapaz de injusticia, etc., y
ahí entraron las criaturas, y completé en todo la obra de la Redención. ¡Cuánto me cuestan las
almas, y es por esto que las amo tanto!”
(3) Otro día estaba pensando entre mí: “Mi amado Jesús me ha dicho tantas cosas, y yo, ¿he
sido atenta en hacer lo que me ha enseñado? ¡Oh, cómo escaseo en el contentarlo! ¡Cómo me
siento incapaz para todo! Así que sus tantas enseñanzas serán para mi condena”. Y mi dulce
Jesús moviéndose en mi interior me ha dicho:
(4) “Hija mía, ¿por qué te afliges? Las enseñanzas de tu Jesús jamás servirán para
condenarte, y aunque hicieras una sola vez lo que te he enseñado, en el cielo de tu alma es
siempre una estrella que pones, porque así como he extendido un cielo sobre la naturaleza
humana y mi Fiat lo adornó de estrellas, así también he extendido un cielo en el fondo del alma,
y el Fiat del bien que hace, porque todo bien es fruto de mi Querer, viene y embellece con
estrellas este cielo, así que si hace diez bienes, pone diez estrellas; si mil bienes, mil estrellas.
Entonces, piensa más bien en repetir cuanto más puedas mis enseñanzas, para adornar de
estrellas el cielo de tu alma, a fin de que este cielo de tu alma no sea inferior al cielo que
resplandece sobre vuestro horizonte, y cada estrella llevará la marca de la enseñanza de tu
Jesús. ¡Cuánto honor me darás!”
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Junio 16, 1919
12-107
No hay santidad sin cruz. Ninguna virtud
se adquiere sin la unión de las penas.
(1) Estaba pensando en mi interior: “¿Dónde están las penas que mi dulce Jesús me había
dicho que me participaría, pues no sufro casi nada?” Y mi siempre amable Jesús me ha dicho:
(2) “Hija mía, cómo te engañas, tú calculas las penas corporales y Yo calculo las penas
corporales y morales. Cuantas veces estabas privada de Mí, era una muerte que tú sentías, y