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Mayo 8, 1919
Causa y necesidad de las penas que la Divinidad dio a la
Humanidad de Jesús. Causa por la que no las reveló antes.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, estaba pensando en las penas de mi adorable
Jesús, especialmente en aquellas que le hizo sufrir la Divinidad a la Santísima Humanidad de
Nuestro Señor. Mientras estaba en esto me he sentido atraer al interior del corazón de mi Jesús,
y en él tomaba parte en las penas de su corazón santísimo que le hacía sufrir la Divinidad en el
curso de su Vida en la tierra. Estas penas son muy diversas de aquellas que el bendito Jesús
sufrió en el curso de su Pasión por manos de los judíos, son penas que casi no se pueden decir.
Yo, de aquél poco que tomaba parte, sé decir que sentía un dolor agudo, acerbo, acompañado
de un desgarro del mismo corazón que me hacía sentir en realidad morir, pero después Jesús
casi con un prodigio de su amor me daba nuevamente la vida. Entonces mi dulce Jesús,
después de que he sufrido, me ha dicho:
(2) “Hija de mis penas, debes saber que las penas que me dieron los judíos fueron una sombra
de las que me dio la Divinidad, y esto era justo para recibir plena satisfacción. El hombre,
pecando, no sólo ofende a la Majestad Suprema externamente, sino también internamente, y
desfigura en su interior la parte divina que le fue infundida al crearlo, así que el pecado se forma
primero en el interior del hombre, y después sale al exterior, más bien, muchas veces lo que
sale al exterior es la parte mínima, y la parte mayor queda en el interior. Ahora, las criaturas
eran incapaces de penetrar en mi interior y hacerme satisfacer con penas la gloria del Padre,
que con tantas ofensas de su interior le habían negado; mucho más que estas ofensas herían
la parte más noble de la criatura, cual es la inteligencia, la memoria y la voluntad, donde está
sellada la imagen divina. ¿Quién debía entonces tomar este empeño, si la criatura era incapaz?
Por esto fue necesario que la Divinidad misma tomara este empeño y me hiciera de verdugo
amoroso, pero por cuanto amoroso, más exigente para recibir plena satisfacción por todos los
pecados hechos en el interior del hombre. La Divinidad quería la obra completa y la plena
satisfacción de la criatura, tanto del interior como del exterior, así que en la Pasión que me dieron
los judíos, di satisfacción a la gloria externa del Padre, que las criaturas le habían quitado; en la
Pasión que me dio la Divinidad en todo el curso de mi Vida, di satisfacción al Padre por todos
los pecados del interior del hombre. De esto podrás comprender que las penas que sufrí de
manos de la Divinidad, superan grandemente a las penas que me dieron las criaturas, más bien,
casi no pueden compararse y son menos accesibles a la mente humana. Así como entre el
interior del hombre y el exterior hay una gran diferencia, mucho más diferencia hay entre las
penas que me infligió la Divinidad y las que me dieron las criaturas el último día de mi Vida, las
primeras eran desgarros crueles, dolores sobrehumanos, capaces de darme muerte y repetidas
muertes en las partes más íntimas, tanto del alma como del cuerpo, ni siquiera una fibra quedaba
excluida. En las segundas eran dolores acerbos, pero no desgarros capaces de darme muerte
a cada pena, como sí era capaz la Divinidad teniendo el poder y el querer. ¡Ah, cuánto me
cuesta el hombre! Pero el hombre ingrato no se ocupa de Mí y no busca comprender cuánto lo
he amado y cuánto he sufrido por él, tanto que ni siquiera ha llegado a comprender todo lo que
sufrí en la Pasión que me dieron las criaturas, y si no comprenden lo menos, ¿cómo pueden
comprender lo más de lo que he sufrido por ellos? Por esto me he tardado en revelar las penas
innumerables e inauditas que me dio la Divinidad por causa de ellos, pero mi amor quiere
desahogo y correspondencia de amor, por eso te llamo a ti en la inmensidad y altura de mi
Querer, donde todas estas penas están en acto, y tú no sólo tomas parte en ellas, sino que a
nombre de toda la familia humana las honras y das la correspondencia de amor, y junto Conmigo
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