de todos los bienes, corona y gloria de todos los bienaventurados; mi Resurrección es el
verdadero sol que glorifica dignamente a mi Humanidad, es el sol de la Religión Católica, es la
verdadera gloria de cada cristiano; sin la Resurrección habría sido como el cielo sin sol, sin calor
y sin vida. Ahora, mi Resurrección es símbolo de las almas que formarán la santidad en mi
Querer; los santos de los siglos pasados son símbolos de mi Humanidad, que si bien resignados,
no han tenido actitud continua en mi Querer, por tanto no han recibido la marca del sol de mi
Resurrección, sino la marca de las obras de mi Humanidad antes de la Resurrección, por eso
serán muchos, casi como estrellas me formarán un bello ornamento al cielo de mi Humanidad,
pero los santos del vivir en mi Querer, que simbolizarán mi Humanidad resucitada, serán pocos;
en efecto, mi Humanidad antes de morir, fue vista por muchas turbas y multitudes de gentes,
pero mi Humanidad resucitada la vieron pocos, solamente los creyentes, los más dispuestos, y
podría decir que sólo aquellos que contenían el germen de mi Querer, porque si no lo hubieran
tenido, les habría faltado la vista necesaria para poder ver a mi Humanidad gloriosa y resucitada,
y por tanto ser espectadores de mi subida al Cielo.
(5) Ahora, si mi Resurrección simboliza a los santos del vivir en mi Querer, es con razón,
porque cada acto, palabra, paso, etc., hecho en mi Querer es una resurrección divina que el
alma recibe, es la marca de gloria que recibe, es un salir de sí para entrar en la Divinidad y
esconderse en el refulgente sol de mi Querer, y ahí ama, obra, piensa; ¿qué maravilla entonces
si el alma queda toda resucitada y fundida en el mismo sol de mi gloria y simboliza mi Humanidad
resucitada? Pero pocos son los que se disponen a esto, porque las almas, en la misma santidad,
quieren alguna cosa de bien propio; en cambio la santidad del vivir en mi Querer, nada, nada
tiene de propio, sino todo de Dios, y para disponerse las almas a despojarse de los bienes
propios, se necesita demasiado, por eso no serán muchos. Tú no eres del número de los
muchos, sino de los pocos; por eso está siempre atenta a la llamada y a tu vuelo continuo”.
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12-99
Abril 19, 1919
Jesús hizo por cada una de las almas, todo lo que
estaban obligadas a hacer hacia su Creador.
(1) Continuando mi habitual estado, me sentía toda afligida, y mi siempre amable Jesús al
venir me ha estrechado, y rodeándome el cuello con su brazo me ha dicho:
(2) “Hija mía, ¿qué tienes? Tu aflicción pesa sobre mi corazón y me traspasa más que mis
mismas penas; pobre hija, tú me has compadecido tantas veces y has tomado sobre ti mis
penas, ahora quiero compadecerme de ti y tomar Yo tu pena”.
(3) Y me estrechaba toda a su corazón, y sacándome fuera de mí misma ha agregado:
(4) “Elévate hija mía, ven en mi Divinidad para poder comprender mejor y ver lo que hacía mi
Humanidad en favor de las criaturas”.
(5) Yo no sé decir lo que he comprendido, en muchas cosas me faltan las palabras, digo sólo
lo que me ha dicho mi dulce Jesús:
(6) “Hija mía, mi Humanidad fue el órgano que reordenó la armonía entre el Creador y la
criatura. Yo hice por cada alma todo lo que estaban obligadas a hacer hacia su Creador, no
excluyendo ni siquiera a las mismas almas perdidas, porque por todas las cosas creadas debía
dar al Padre gloria, amor y satisfacción completas, con esta sola diferencia, que las almas que
en alguna forma satisfacen sus deberes hacia el Creador, que casi ninguna llega a satisfacerlos
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