cabezas han antepuesto los malos a los buenos, tanto que los pocos buenos han quedado
turbados por este actuar de las cabezas, por eso haré castigar a las cabezas en modo especial”.
(11) Y yo: “Perdona a las cabezas de la Iglesia, ya son pocos, si Tú los golpeas faltaran los
regidores”.
(12) Y Jesús: “¿No recuerdas que con doce apóstoles fundé mi Iglesia? Así, los pocos que
quedarán bastarán para reformar al mundo. El enemigo está ya a sus puertas, las revoluciones
están ya en acto, las naciones nadarán en la sangre, las cabezas serán dispersadas; reza, reza
y sufre, a fin de que el enemigo no tenga la libertad de convertir todo en ruinas”.
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12-98
Abril 15, 1919
Las cosas mayores son hechas después de las menores,
y son cumplimiento y corona de éstas. La Humanidad
resucitada de Jesús, símbolo de quien vivirá
en el Querer Divino.
(1) Estaba fundiéndome en el Santo Querer de mi siempre amable Jesús, y junto con Él mi
inteligencia se perdía en la obra de la Creación, adorando y agradeciendo por todo y por todos
a la Majestad Suprema, y mi Jesús, todo afabilidad me ha dicho:
(2) “Hija mía, al crear el cielo, primero creé las estrellas como astros menores, y después creé
el sol, astro mayor, dotándolo de tal luz, de eclipsar a todas las estrellas, como escondiéndolas
en sí, constituyéndolo rey de las estrellas y de toda la naturaleza. Es mi costumbre hacer primero
las cosas menores, como preparativo a las cosas mayores, y éstas como corona de las cosas
menores. El sol, mientras es mi relator, al mismo tiempo simboliza a las almas que formarán su
santidad en mi Querer; los santos que han vivido al reflejo de mi Humanidad y como a la sombra
de mi Voluntad, serán las estrellas; y aquellas, si bien han venido después, serán los soles. Este
orden lo tuve también en la Redención: Mi nacimiento fue sin estrépito, más bien ignorado; mi
infancia, sin esplendor de cosas grandes ante los hombres; mi Vida de Nazaret fue tan oculta,
que viví como ignorado por todos, me adaptaba a hacer las cosas más pequeñas y comunes a
la vida humana; en la vida pública hubo alguna cosa de grande, pero sin embargo, ¿quién
conoció mi Divinidad? Ninguno, ni siquiera los apóstoles, pasaba en medio de las multitudes
como otro hombre, tanto que todos podían acercárseme, hablarme y hasta despreciarme”.
(3) Y yo, interrumpiendo el hablar de Jesús he dicho: “Jesús, amor mío, qué tiempos felices
eran aquellos, más feliz aquella gente que podía, con sólo quererlo, acercarse a Ti, hablarte y
estar Contigo”.
(4) Y Jesús: “¡Ah! hija mía, la verdadera felicidad la lleva mi Voluntad, sólo Ella encierra todos
los bienes en el alma, y haciéndose corona en torno al alma, la constituye reina de la verdadera
felicidad; solamente ellas serán reinas de mi trono, porque son parto de mi Querer. Tan es
verdad esto, que aquella gente no fue feliz, muchos me vieron, pero no me conocieron, porque
mi Querer no residía en ellos como centro de vida, por tanto, a pesar de que me vieron
permanecieron infelices, y sólo aquellos que tuvieron el bien de recibir en sus corazones el
germen de mi Querer, se dispusieron a recibir el bien de verme resucitado. Ahora, el portento
de mi Redención fue la Resurrección, –que más que refulgente sol coronó mi Humanidad,
haciendo resplandecer aún mis más pequeños actos con un esplendor y maravilla tal, que
hicieron quedar estupefactos a Cielo y tierra–, que será principio, fundamento y cumplimiento