Querer y toma parte en las muertes y en las penas que sufrí no apenas fue cumplida mi
concepción, así podrás comprender mejor lo que te digo”.
(3) No sé decir cómo me he encontrado en el seno de mi Reina Mamá, donde veía al Niño
Jesús pequeño, pequeño, pero si bien pequeño contenía todo; de su corazón se ha desprendido
un dardo de luz hacia el mío, y conforme me penetraba sentía que me daba la muerte, y
conforme salía me regresaba la vida. Cada toque de aquel dardo me producía un dolor
agudísimo, por el que sentía deshacerme y en realidad morir, y después con su mismo toque
me sentía revivir, pero no tengo las palabras justas para expresarme y por eso aquí pongo punto.
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Las muertes y las penas que la Divinidad hacía
sufrir a la Humanidad de Jesús por cada alma,
no fueron sólo de intención, sino reales.
12-95
Marzo 20, 1919
(1) Sentía mi pobre mente sumergida en las penas de mi amable Jesús, y como me había
sido dicho que parecía imposible que Jesús pudiese sufrir tantas muertes y tantas penas por
cada uno como está dicho anteriormente, mi Jesús me ha dicho:
(2) “Hija mía, mi Querer contiene el poder de todo, bastaba sólo con quererlo para que todo
sucediera, y si esto no fuera así, entonces mi Querer, en el poder, debía tener un límite, mientras
que en todas mis cosas soy sin límite e infinito, y por eso todo lo que quiero lo hago. ¡Ah! qué
poco soy comprendido por las criaturas, por eso no soy amado. Ven tú en mi Humanidad y te
haré ver y tocar con la mano lo que te he dicho”.
(3) Entonces me he encontrado en Jesús, al cual le era inseparable la Divinidad y el Querer
Eterno; y este Querer, sólo con quererlo, creaba las muertes repetidas, las penas sin número,
los golpes sin flagelos, las pinchaduras agudísimas sin espinas, con una facilidad tal, como
cuando con un solo Fiat creaba millones de estrellas, no se necesitaron tantos Fiat por cuantas
estrellas creaba, sino que bastó uno solo, pero con éste no salió a la luz una sola estrella y las
demás permanecieron en la mente divina, o bien en la intención, sino que todas en realidad
salieron, y cada una tiene su luz propia para adornar nuestro firmamento; así era en el cielo de
la Humanidad santísima de Nuestro Señor, que el Divino Querer con su Fiat creador creaba la
vida y la muerte por cuantas veces quería. Entonces, encontrándome en Jesús, me he
encontrado en aquel punto cuando Jesús sufría la flagelación por las manos divinas; sólo con
que el Querer Eterno lo ha querido, sin golpes, sin látigos, las carnes de la Humanidad de Jesús
caían a pedazos, se formaban los profundos desgarros, pero en modo desgarrador en las partes
más íntimas. Era tanta la obediencia de Jesús a aquel Querer Divino, que por Sí mismo se
sometía, pero en modo tan doloroso, que la flagelación que le dieron los judíos se puede decir
que fue la imagen, o la sombra de la que sufría por parte del Querer Eterno, y además, sólo con
que el Querer Divino lo quería, su Humanidad se recomponía; así sucedía cuando sufría las
muertes por cada alma y todo lo demás. Yo he tomado parte en estas penas de Jesús, y ¡oh!
cómo comprendía a lo vivo que el Querer Divino puede hacernos morir cuantas veces quiera y
después darnos de nuevo la vida. ¡Oh, Dios, son cosas inenarrables, excesos de amor,
misterios profundos, casi inconcebibles a mente creada! Yo me sentía incapaz de regresar a la
vida, al uso de los sentidos, al movimiento después de aquellas penas sufridas, y mi bendito
Jesús me ha dicho: