la herrumbre de su voluntad ni la sombra del fango de las cosas terrenas, sólo así podemos
combinarnos juntos y ella hacer lo que quiere de Mí, y Yo lo que quiero de ella”.
(5) Después de esto he visto a mi Mamá y a mi confesor difunto, y yo quería decirles mi estado,
y Ellos han dicho:
(6) “En estos días has estado en peligro de que el Señor te suspendiera del todo del estado
de víctima, y Nosotros y todo el purgatorio y el Cielo hemos rogado mucho, y cuánto hemos
hecho para que el Señor no lo hiciera. De esto podrás comprender cómo la justicia está colmada
aún de graves castigos, por eso ten paciencia y no te canses”.
+ + + +
12-79
Enero 27, 1919
Las tres heridas mortales del corazón de Jesús.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, mi siempre amable Jesús, al venir me hacía ver su
adorable corazón todo lleno de heridas de las que brotaban ríos de sangre, y todo doliente me
ha dicho:
(2) “Hija mía, entre tantas heridas que contiene mi corazón, hay tres heridas que me dan
penas mortales y tal acerbidad de dolor, que sobrepasan a todas las demás heridas juntas, y
éstas son: Las penas de mis almas amantes. Cuando veo a un alma toda mía sufrir por causa
mía, torturada, humillada, dispuesta a sufrir aun la muerte más dolorosa por Mí, Yo siento sus
penas como si fueran mías, y tal vez más. ¡Ah! el amor sabe abrir heridas más profundas, de
no dejar sentir las otras penas. En esta primera herida entra en primer lugar mi querida Mamá,
¡oh! cómo su corazón traspasado por causa de mis penas se vertía en el mío, y Yo sentía a lo
vivo todas sus heridas, y al verla agonizante y no morir por causa de mi muerte, Yo sentía en mi
corazón el desgarro, la crudeza de su martirio, y sentía las penas de mi muerte que sentía el
corazón de mi amada Mamá, y por ello mi corazón moría junto, así que todas mis penas unidas
con las penas de mi Mamá, sobrepasaban todo; por eso era justo que mi Celestial Mamá tuviera
el primer puesto en mi corazón, tanto en el dolor como en el amor, porque cada pena sufrida por
amor mío, abría mares de gracias y de amor que se volcaban en su corazón traspasado; en esta
herida entran todas las almas que sufren por causa mía y sólo por amor, en ésta entras tú, y
aunque todos me ofendieran y no me amaran, Yo encuentro en ti el amor que puede suplirme
por todos, y por eso, cuando las criaturas me arrojan, me obligan a huir de ellas, Yo rápido vengo
a refugiarme en ti como a mi escondite, y encontrando mi amor, no el de ellas, y penante sólo
por Mí, digo: “No me arrepiento de haber creado cielo y tierra y de haber sufrido tanto”. Un alma
que me ama y que sufre por Mí es todo mi contento, mi felicidad, mi compensación de todo lo
que he hecho, y haciendo a un lado todo lo demás, me deleito y me entretengo con ella. Sin
embargo, esta herida de amor en mi corazón, mientras es la más dolorosa y sobrepasa todo,
contiene dos efectos al mismo tiempo: Me da intenso dolor y suma alegría, amargura indecible
y dulzura indescriptible, muerte dolorosa y vida gloriosa. Son los excesos de mi amor,
inconcebibles a mente creada; y en efecto, ¿cuántos contentos no encontraba mi corazón en
los dolores de mi traspasada Mamá?
(3) La segunda herida mortal de mi corazón es la ingratitud. La criatura con la ingratitud cierra
mi corazón, más bien, ella misma da dos vueltas a la llave, y mi corazón se hincha porque quiere
derramar gracias, amor, y no puede, porque la criatura me los ha encerrado y ha puesto el sello
con la ingratitud, y Yo doy en delirio, desvarío sin esperanza de que esta herida me sea curada,
porque la ingratitud me la va haciendo siempre más profunda, dándome pena mortal.