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Enero 25, 1919
La Divina Voluntad es luz, y quien de Ella vive
se vuelve luz. Jesús habita en quien vive en la
Divina Voluntad como lo hizo en su Humanidad.
(1) Después de haber pasado días amarguísimos de privación de mi dulce Jesús, de mi vida,
de mi todo, mi pobre corazón no podía más y decía entre mí: “Qué dura suerte me estaba
reservada, después de tantas promesas me ha dejado. ¿Dónde está ahora su amor? ¡Ah, quién
sabe si no he sido yo la causa de su abandono, haciéndome indigna de Él! ¡Ah, tal vez aquella
noche en la que me quería hablar de las desgracias del mundo, y habiéndome comenzado a
decir que el corazón del hombre aún está sediento de sangre y que las guerras aún no han
terminado, porque la sed de sangre todavía no se apaga en el corazón humano, y yo le dije:
“Jesús, siempre me quieres hablar de estas desgracias, hagámoslas a un lado, hablemos de
otra cosa”. Y Él, afligido, hizo silencio. ¡Ah! tal vez se ofendió. Vida mía, perdóname, no lo
volveré a hacer, pero ven”. Mientras esto y otros desatinos decía, he sentido perder los sentidos
y veía dentro de mí a mi dulce Jesús, solo y taciturno que caminaba de un lugar a otro de mi
interior, y como si ahora tropezara en un punto, ahora se golpeara en otro. Yo estaba toda
confundida y no me atrevía a decirle nada, pero pensaba: “¿Quién sabe cuántos pecados hay
en mí que hacen tropezar a Jesús?” Pero Él todo bondad me miraba, parecía cansado y goteaba
sudor, y me ha dicho:
(2) “Hija mía, pobre mártir, no de fe sino de amor, mártir no humana sino divina, porque tu
más cruel martirio es mi privación, la cual te pone el sello de mártir divina, ¿por qué temes y
dudas de mi amor? Y además, ¿cómo puedo dejarte? Yo habito en ti como en mi Humanidad,
y como en Ella encerraba a todo el mundo entero, así lo encierro en ti; ¿no has visto que mientras
caminaba, ahora tropezaba y ahora me golpeaba? Eran los pecados, las almas malas que
encontraba, qué dolor a mi corazón, es desde dentro de ti que divido la suerte del mundo, es tu
humanidad que me da reparación, como hacía mi Humanidad a mi Divinidad. Si mi Divinidad
no tuviera a mi Humanidad que le hiciera todas las reparaciones, las pobres criaturas no tendrían
ninguna salvación, ni en el tiempo ni en la eternidad, y la divina justicia miraría a la criatura ya
no como suya, que mereciera la conservación, sino como enemiga que merecería la destrucción.
Ahora mi Humanidad es gloriosa, y me es necesaria una humanidad que pueda dolerse, sufrir,
dividir junto Conmigo las penas, amar junto Conmigo a las almas y poner la vida para salvarlas,
y te he escogido a ti, ¿no estás contenta por ello? Por eso quiero decirte todo, mis penas, los
castigos que merecen las criaturas, a fin de que en todo tomes parte y hagas una sola cosa
Conmigo. Y es por esto también por lo que te quiero a la altura de mi Voluntad, porque adonde
no puedes llegar con tu voluntad, con la mía llegarás a todo lo que conviene al oficio de mi
Humanidad; por eso no temas más, no me aflijas con tus penas, con los temores de que pueda
abandonarte, tengo ya bastante con las demás criaturas; ¿quieres acrecentar mis penas con las
tuyas? No, no, está segura, tu Jesús no te deja”.
(3) Después ha regresado de nuevo, haciéndose ver crucificado, y transformándome en Él, y
en sus penas ha agregado:
(4) “Hija mía, mi Voluntad es luz, y quien de Ella vive se convierte en luz, y como luz fácilmente
entra en mi luz purísima y tiene la llave para abrir y tomar lo que quiera. Pero una llave para
abrir debe estar sin herrumbre, no estar sucia, y la misma cerradura debe ser de fierro, de otra
manera la llave no puede abrir. Así el alma, para abrir con la llave de mi Querer, no debe mezclar
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