12-60
Agosto 19, 1918
Jesús está cansado por las infamias de los sacerdotes.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, mi siempre amable Jesús se hacía ver en mi interior
como dentro de un cerco de luz, y mirándome me ha dicho:
(2) “Veamos qué hemos hecho de bien hoy”.
(3) Y miraba y miraba. Yo creo que aquel cerco de luz era su Santísima Voluntad, y que
habiéndome unido yo con Ella, por eso decía así. Y ha agregado:
(4) “De alguna manera estoy cansado por las infamias de los sacerdotes, no puedo más,
quisiera acabarlos. ¡Oh! cuántas almas devastadas, cuántas desfiguradas, cuántas idólatras!
Servirse de las cosas santas para ofenderme es mi dolor más acerbo, es el pecado más
abominable, es el sello de la ruina total que atrae las más grandes maldiciones y rompe cualquier
comunicación entre el Cielo y la tierra. A estos seres quisiera extirparlos de la tierra; por eso los
castigos continuarán y se multiplicarán, la muerte devastará las ciudades, muchas casas y
caminos desaparecerán, no habrá quien las habite, el luto, la desolación reinarán por todas
partes”.
(5) Yo le he rogado y suplicado, y habiéndose entretenido conmigo una buena parte de la
noche, estaba Él tan sufriente que yo sentía despedazarme el corazón por el dolor, pero espero
que mi Jesús se aplaque.
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12-61
Septiembre 4, 1918
Lamentos de Jesús por los sacerdotes.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, mi siempre amable Jesús en cuanto ha venido me
ha dicho:
(2) “Hija mía, las criaturas quieren desafiar mi justicia, no quieren rendirse y por eso mi justicia
hace su curso contra las criaturas, y éstas de todas las clases, no faltando ni siquiera aquellos
que se dicen mis ministros, y tal vez éstos más que los demás; que veneno contienen,
envenenan a quien se les acerca, en lugar de ponerme a Mí en las almas quieren ponerse ellos,
quieren hacerse rodear, hacerse conocer, y Yo quedo a un lado; su contacto venenoso en lugar
de hacer a las almas recogidas, me las distraen; en vez de hacerlas retiradas, las hacen más
disipadas, más defectuosas, tanto, que se ven almas que no tienen contacto con ellos más
buenas, más recogidas, más retiradas, así que no puedo fiarme de ninguno; estoy obligado a
permitir que las gentes se alejen de las iglesias, de los sacramentos, a fin de que su contacto
no me las envenene más y las vuelva más malas. Mi dolor es grande, las heridas de mi corazón
son profundas, por eso ruega, y unida con los pocos buenos que hay, compadece mi acerbo
dolor”.
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