12-62
Septiembre 25, 1918
Oficio de víctima.
(1) Estaba muy afligida y sentía en mi interior una fuerza de querer salirme de mi habitual
estado. ¡Oh, Dios, qué pena! Sentía una mortal agonía, sólo Jesús puede saber el dolor de mi
alma, yo no tengo palabras para expresarlo; más bien quiero que sólo Jesús sepa todas mis
penas, por eso continúo. Ahora, mientras nadaba en las amarguras, mi siempre amable Jesús,
todo afligido ha venido y poniéndome un dedo en mi boca me ha dicho:
(2) “Te he contentado, callada, recuerda cuántas veces te he hecho ver grandes mortandades,
ciudades despobladas y casi desiertas y tú me decías: “No, no lo hagas, y si quieres hacerlo
debes permitir que tengan tiempo de recibir los sacramentos”. Y Yo lo estoy haciendo, ¿qué
otra cosa quieres? Pero el corazón del hombre es duro y no está del todo cansado, no ha tocado
aún la cúspide de todos los males y por eso no se ha saciado aún, y no se rinde y mira la misma
epidemia con indiferencia. Pero éstos son los preludios, vendrá, vendrá el tiempo en el cual a
esta generación tan maligna y perversa la haré casi desaparecer de la tierra”.
(3) Yo temblaba al oír esto y rezaba, y quería preguntar a Jesús: “¿Y yo qué debo hacer?”
Pero no me atrevía, y Jesús ha agregado:
(4) “Lo que quiero es que por ti misma no te dispongas a hacerlo, si bien eres libre y puedes
hacerlo, te quiero en poder de mi Voluntad. En estos días pasados era Yo quien te forzaba a
salir de tu acostumbrado estado, quería agrandar el flagelo de la epidemia y no quería tenerte
en tu estado para estar más libre”.
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12-63
Octubre 3, 1918
Cómo la Justicia debe equilibrase.
(1) Estaba rogando al bendito Jesús que se aplacara, y en cuanto ha venido le he dicho:
“Amor mío, Jesús, cómo es feo vivir en estos tiempos, por todas partes se oyen lagrimas y se
ven dolores, el corazón me sangra y si tu Santo Querer no me sostuviera, seguro que no podría
vivir más, pero, ¡oh, cuánto me sería más dulce la muerte!” Y mi dulce Jesús me ha dicho:
(2) “Hija mía, es mi justicia que debe equilibrarse, todo es equilibrio en Mí, por eso el flagelo
de la muerte toca a las almas con la marca de la gracia, tanto, que casi todos piden los últimos
sacramentos. El hombre ha llegado a tanto, que sólo cuando se ve tocado en su propia piel y
se siente deshacer, se estremece, tan es así, que los demás que no son tocados viven
despreocupados y continúan su vida de pecado. Es necesario que la muerte coseche, para
quitar tantas vidas que no hacen otra cosa que hacer nacer espinas bajo sus pasos, y esto en
todas las clases, seglares y religiosos. ¡Ah! Hija mía, son tiempos de paciencia, no te alarmes,
y reza para que todo redunde en gloria mía y para bien de todos”.
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