12-28
Diciembre 6, 1917
Por qué a Jesús jamás le pueden agradar
los actos hechos fuera de su Querer.
(1) Después de haber recibido a Jesús en el sacramento, estaba diciéndole: “Te beso con el
beso de tu Querer, Tú no estás contento si te doy solamente mi beso, sino que quieres el beso
de todas las criaturas, y yo por eso te doy el beso en tu Querer, porque en Él encuentro a todas
las criaturas, y sobre las alas de tu Querer tomo todas sus bocas y te doy el beso de todos, y
mientras te beso, te beso con el beso de tu amor, a fin de que no con mi amor te bese, sino con
tu mismo amor, y Tú sientas el contento, las dulzuras, la suavidad de tu mismo amor en los
labios de todas las criaturas, de modo que atraído por tu mismo amor, te obligo a dar tu beso a
todas las criaturas”. Pero, ¿quién puede decir mis tantos desatinos que decía a mi amable
Jesús? Entonces mi dulce Jesús me ha dicho:
(2) “Hija mía, cómo me es dulce ver, sentir al alma en mi Querer; sin que ella lo perciba se
encuentra en las alturas de mis actos, de mis oraciones, del modo como Yo hacía estando sobre
esta tierra, se pone casi a mi nivel. Yo en mis más pequeños actos encerraba a todas las
criaturas, pasadas, presentes y futuras, para ofrecer al Padre actos completos a nombre de
todas las criaturas, ni siquiera un respiro de criatura se me escapó de quedar encerrado en Mí,
de otra manera el Padre habría podido encontrar excepciones en reconocer a las criaturas y
todos los actos de ellas, por no haber sido hechos por Mí ni salido de Mí, y me hubiera podido
decir: “No has hecho todo ni por todos, tu obra no está completa, no puedo reconocer a todos
porque no a todos los has reincorporado en Ti, y Yo quiero reconocer sólo lo que has hecho Tú”.
Por eso en la inmensidad de mi Querer, de mi amor y poder, hice todo y por todos. Entonces,
¿cómo me pueden agradar las demás cosas, por bellas que sean, fuera de mi Querer? Son
siempre actos bajos y humanos y delimitados; en cambio los actos en mi Querer son nobles,
divinos, sin término, infinitos, cual es mi Querer, son semejantes a los míos y Yo les doy el mismo
valor, amor y poder de mis mismos actos, los multiplico en todos, los extiendo a todas las
generaciones, a todos los tiempos. Qué me importa que sean pequeños, son siempre mis actos
repetidos y basta; y además, el alma se pone en su verdadera nada, no en la humildad, en la
cual siempre se siente algo de sí misma, y como nada entra en el Todo y obra Conmigo, en Mí
y como Yo, toda despojada de sí, no poniendo atención ni al mérito ni al interés propio, sino toda
atenta en darme contento, dándome dominio absoluto en sus actos, sin querer saber lo que
hago con ellos, sólo un pensamiento la ocupa, el vivir en mi Querer, pidiéndome que le dé tal
honor. He aquí por qué la amo tanto, y todas mis predilecciones, mi amor, son para esta alma
que vive en mi Querer; y si amo a las demás es en virtud del amor con el que amo a esta alma
y que desciende de ella, igual que como el Padre ama a las criaturas en virtud del amor con el
que me ama a Mí”.
(3) Y yo: “Cómo es cierto lo que Tú dices, que en tu Querer no se quiere nada, ni se quiere
saber nada. Si se quiere hacer algo es sólo porque lo has hecho Tú, se siente el deseo ardiente
de repetir las cosas tuyas, todo lo demás desaparece, no se quiere hacer más nada!”.
(4) Y Jesús: “Y Yo la hago hacer todo, y le doy todo”.
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