(2) Y Jesús: “Hija mía, el primer acto que hice fue el de multiplicar mi Vida en tantas Vidas
mías por cuantas criaturas puedan existir en el mundo, a fin de que cada una tuviera una Vida
mía únicamente para ella, que continuamente reza, agradece, da satisfacción, ama, por ella
sola, como también multiplicaba mis penas por cada alma, como si por ella sola sufriera y no
por otros. En aquel momento supremo de recibirme a Mí mismo, Yo me daba a todos, y a sufrir
en cada uno de los corazones mi Pasión, para poder sojuzgar los corazones por vía de penas y
de amor, y dándoles todo lo mío divino, venía a tomar el dominio de todos. Pero, ¡ay de Mí! mi
amor quedó desilusionado por muchos y espero con ansia los corazones amantes, que
recibiéndome se unan Conmigo para multiplicarse en todos, deseando y queriendo lo que quiero
Yo, para tomar al menos de ellos lo que no me dan los otros, y para recibir el contento de tenerlos
conforme a mi deseo y a mi Voluntad. Por eso hija mía, cuando me recibas haz lo que hice Yo,
y Yo tendré el contento de que al menos seamos dos que queremos la misma cosa”.
(3) Pero mientras esto decía, Jesús estaba muy afligido, y yo le he dicho: “Jesús, ¿qué tienes
que estás tan afligido?”
(4) “¡Ay, ay, cuantos males como torrente impetuosa inundarán los países, cuántos males,
cuántos males! Italia está atravesando horas tristes, tristísimas. Estréchense más a Mí, estén
de acuerdo entre ustedes, rueguen a fin de que los males no sean peores”.
(5) Y yo: “¡Ah! mi Jesús, ¿qué será de mi país? No será que ya no me quieres como antes,
porque queriéndome Tú perdonabas en algo los castigos”.
(6) Y Él casi llorando: “No es verdad, te quiero bien”.
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12-25
Noviembre 2, 1917
Lamentos de Jesús. Amenazas de castigos para Italia.
(1) Continuando mi habitual estado, entre privaciones, penas y amarguras, especialmente por
tantos males que se oyen, y por la entrada de los extranjeros en Italia, rogaba al buen Jesús
que detuviera a los enemigos y le decía: “¿Era ésta tal vez la inundación que Tú decías en días
pasados?” y el buen Jesús, viniendo me ha dicho:
(2) “Hija mía, esta era la inundación que te decía, y la invasión continuará avanzando, los
extranjeros continuarán invadiendo Italia, mucho se lo han merecido. Yo había escogido a Italia
como una segunda Jerusalén; ella por correspondencia ha desconocido mis leyes, me ha
negado los derechos que me correspondían; ¡ah! puedo decir que no se comporta más como
hombre, sino como bestia y ni siquiera bajo el pesado flagelo de la guerra me ha reconocido y
quiere seguir adelante como mi enemigo. Justamente se ha merecido la derrota y la continuaré
humillando hasta el polvo”.
(3) Y yo interrumpiéndolo: “Jesús, ¿qué dices? ¡Pobre patria mía, cómo serás lacerada!
¡Jesús, piedad, detén la corriente de los extranjeros!”
(4) Y Jesús: “Hija mía, con sumo dolor debo permitir que los extranjeros avancen; tú porque
no amas a las almas tanto como Yo quisieras la victoria, pero si Italia vence será la ruina para
las almas, su soberbia llegaría a tanto que arruinaría el poco avance de bien que hay en la
nación, y se pondría como ejemplo ante los pueblos como nación que sabe hacer las cosas sin
Dios. ¡Ah, hija mía, los flagelos continuarán, los países serán devastados, los despojaré de
todo, el pobre y el rico serán una misma cosa. No han querido conocer mis leyes; de la tierra
se han hecho un dios para cada uno, y Yo con despojarlos les haré conocer qué cosa es la
tierra; con el fuego la purificaré, porque es tanta la peste que exhala, que no puedo tolerarla;
muchos quedarán sepultados en el fuego, y así volveré juiciosa la tierra. Es necesario, lo