de las criaturas; una persona se sirve de la luz del sol para trabajar, para ingeniarse, para
aprender, para apreciar las cosas, ésta se hace rica, se constituye y no va mendigando el pan a
los demás; otra persona se está ociosa, no quiere ocuparse en nada, la luz del sol la inunda por
todos lados, pero para ella es inútil, no quiere hacer nada, ésta es pobre, enfermiza, porque el
ocio produce muchos males, físicos y morales, y si siente hambre tiene necesidad de mendigar
el pan a los demás. Ahora, de éstas dos, la causa de su diferente estado será tal vez el sol? O
bien ¿qué a una da más luz y a la otra menos? Ciertamente que no, la única diferencia está en
que una se aprovecha en modo especial de la luz y la otra no. Ahora, así en el orden de la gracia,
la cual más que luz inunda las almas, y ahora se hace toda voz para llamarlas, voz para
instruirlas, para corregirlas, ahora se hace fuego y les quema las cosas de acá abajo, y con sus
llamas les pone en fuga las criaturas, los placeres, con sus quemaduras forma los dolores, las
cruces para dar al alma la forma de la santidad que quiere de ella, ahora se hace agua y la
purifica, la embellece y la llena toda de gracia; ¿pero quiénes son los que están atentos para
recibir todos estos flujos de gracias, quiénes son los que aceptan? ¡Ah, demasiado pocos! Y
luego se atreven a decir que a unos doy la gracia para hacerse santos y a otros no, casi como
queriendo echarme la culpa, y se contentan con llevar una vida ociosa, como si la luz de la gracia
no estuviera para ellos”.
(3) Luego agregó: “Hija mía, Yo amo tanto a la criatura, que Yo mismo me pongo como
centinela de cada corazón para vigilarlo, para defenderlo y trabajar con mis mismas manos su
propia santificación. ¿Pero a cuántas amarguras no me sujeto? Unos me rechazan, otros no me
atienden y me desprecian, otros se lamentan de mi vigilancia, otros me cierran las puertas en la
cara haciendo inútil mi trabajo, y no sólo me pongo Yo a hacerla de centinela, sino que también
para esto elijo a las almas que viven en mi Querer, porque encontrándose en todo Yo, las pongo
junto Conmigo como segundo centinela en cada corazón, y estas segundas centinelas me
consuelan, me corresponden por cada uno y me hacen compañía en la soledad a la que me
obligan muchos corazones, y me obligan a no dejarlos. ¡Gracia más grande no podría dar a las
criaturas, que darles a estas almas que viven de mi Querer, que son el portento de los portentos”.
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11-135
Octubre 30, 1916
Advertencias de castigos, especialmente para Italia.
(1) Estaba lamentándome con mi siempre amable Jesús, que en estos días pasados apenas
por unos instantes venía, es más, en cuanto yo advertía su sombra Él huía. Y el bendito Jesús
me ha dicho:
(2) “Hija mía, qué pronto olvidas la causa por la que en estos días no vengo tanto y huyo de
ti, no es más que para que los castigos aprieten. Las cosas empeorarán siempre más, ¡ah, el
hombre ha llegado a tal perversidad que para rendirlo no basta con tocarle la piel, sino que
parece que me quiere hacer llegar a pulverizarlo! Por eso una nación invadirá a la otra y se
herirán, la sangre correrá en los países como agua, es más, en ciertas naciones se harán
enemigos de ellos mismos y se destruirán, se matarán, harán cosas de locos. ¡Ah, cuánto me
duele el hombre! Yo lo lloro”.
(3) Ante el decir de Jesús he roto en llanto y le rogaba para que perdonara a la pobre Italia,
pero Jesús me respondió:
(4) “Italia, Italia, ¡ah, si tú supieras cuánto de mal está preparando! ¡Cuántas conjuras contra
mi Iglesia! No le basta con la sangre que está derramando en batalla, sino que está sedienta de
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