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Junio 15, 1916
En el Divino Querer todo es completo. Las oraciones más
potentes sobre el corazón de Jesús y que más lo enternecen,
es revestirse de todo aquello que obró y sufrió Él mismo.
(1) Continuando mi habitual estado, mi siempre amable Jesús ha venido, me ha transformado
toda en Él y luego me ha dicho:
(2) “Hija, derrámate en mi Querer para hacerme reparaciones completas, mi Amor siente la
irresistible necesidad, ante tantas ofensas de las criaturas, de que al menos haya una, que
interponiéndose entre Yo y ellas me dé reparaciones completas, amor por todas, y arrebate de
Mí gracias para todas, y esto lo puedes hacer sólo en mi Querer, donde me encontrarás a Mí y
a todas las criaturas. ¡Oh! Con qué ansias estoy esperando que entres en mi Querer para poder
encontrar en ti las complacencias y las reparaciones de todas, pues sólo en mi Querer
encontrarás todas las cosas en acto, porque Yo soy motor, actor y espectador de todo”.
(3) Y mientras esto decía me he fundido en su Querer, ¿pero quién puede decir lo que veía?
Me encontraba en contacto con cada pensamiento de criatura, cuya vida de cada pensamiento
venía de Dios, y yo en su Querer me multiplicaba en cada pensamiento, y con la santidad de su
Querer reparaba todo, tenía un gracias por todos, un amor por todos, y así me multiplicaba en
las miradas, en las palabras y en todo lo demás, ¿pero quién puede decir cómo sucedía todo
esto? A mí me faltan las palabras, tal vez las mismas lenguas angélicas serían balbucientes, por
eso pongo punto.
(4) Y así toda la noche me la pasé con Jesús en su Querer. Después sentí a la Reina Mamá
junto a mí y me dijo:
(5) “Hija mía, reza”.
(6) Y yo: “Mamá mía, recemos juntas, pues por mí sola yo no sé rezar”.
(7) Y Ella ha agregado: “Las oraciones más potentes sobre el corazón de mi Hijo y que más
lo enternecen, es cuando la criatura se reviste con todo lo que Él mismo obró y sufrió, habiendo
dado todo eso como don a la criatura. Por tanto hija mía, reviste tu cabeza con las espinas de
Jesús, adorna tus ojos con sus lágrimas, impregna tu lengua con su amargura, reviste tu alma
con su sangre, adórnate con sus llagas, traspasa tus manos y pies con sus clavos, y como otro
Cristo preséntate ante su Divina Majestad. Este espectáculo lo conmoverá, de manera que no
sabrá rehusar nada al alma revestida con sus mismas divisas, pero, ¡oh, cuán poco saben las
criaturas servirse de los dones que mi Hijo les ha dado! Estas eran mis oraciones en la tierra, y
éstas lo son aún en el Cielo”.
(8) Entonces juntas nos hemos revestido con las divisas de Jesús, y juntas nos hemos
presentado ante el trono divino, cosa que conmovía a todos, los ángeles nos querían ver y
quedaban sorprendidos. Yo agradecí a la Mamá y me encontré en mí misma.
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