prado florido en el alma, pero mi Amor no queda contento con las solas flores, sino que quiere
frutos y por eso comienza a hacer caer las flores, es decir, la despoja del amor sensible, del
fervor y de todo lo demás para hacer nacer los frutos. Si el alma es fiel, continúa sus prácticas
piadosas, sus virtudes, no toma gusto de ninguna otra cosa humana, si no piensa en sí sino sólo
en Mí, confía en Mí, con esto pondrá el sabor a los frutos; con la fidelidad hará madurar los
frutos, y con su valentía, tolerancia y tranquilidad los hará crecer y serán frutos abundantes, y
Yo, el Celestial Agricultor cosecharé estos frutos y haré de ellos mi alimento, y plantaré otro
huerto más bello y más florido en el que nacerán frutos heroicos, que arrancarán de mi corazón
gracias inauditas. Pero si es infiel, desconfiada, se agita, toma gusto de las cosas humanas,
etc., los frutos serán acerbos, insípidos, amargos, sucios y servirán para amargarme y hacerme
retirar del alma”.
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11-125
Junio 4, 1916
Jesús vierte sus amarguras en el alma, y sobre los pueblos.
(1) Esta mañana mi siempre amable Jesús ha venido, yo me lo estreché al corazón, y Él me
dio un beso; pero mientras me besaba sentí correr de su boca a la mía un líquido amarguísimo.
Yo quedé maravillada al ver que sin pedírselo, el dulce Jesús derramaba sus amarguras en mí,
mientras que otras veces se lo había tanto pedido y no me lo había concedido. Entonces, cuando
me llené de aquel líquido amarguísimo, Jesús continuó derramándolo y caía hacia fuera, caía
por tierra y continuaba derramándolo, haciendo en torno a mí y a Él un lago de aquel líquido
amarguísimo. Y como si con esto se hubiera aliviado un poco me ha dicho:
(2) “Hija, ¿has visto cuántas amarguras me dan las criaturas? Son tantas, que no pudiéndolas
contener he querido derramarlas en ti, pero ni siquiera tú has podido contenerlas, y por eso han
caído por tierra y se derramarán sobre los pueblos”.
(3) Y mientras esto decía, señalaba varios puntos y pueblos que debían ser golpeados por las
invasiones de gentes extranjeras, unos huían, otros quedaban al desnudo, en ayunas, otros
quedaban dispersos, quien muerto, por doquier había horror y espanto. Jesús mismo quería
retirar la mirada de tantas tragedias, y yo, espantada y aterrorizada, quería impedir que Jesús
hiciera todo esto, pero parecía irremovible, y entonces me dijo:
(4) “Hija mía, son las mismas amarguras de ellos las que la Divina Justicia derrama sobre los
pueblos. He querido primero derramarlas en ti para evitarlas en algunos lugares para
contentarte, pero todo lo demás lo he derramado sobre ellos, mi Justicia necesita su
satisfacción”.
(5) Y yo: “Amor mío y vida mía, yo no entiendo de Justicia; si te pido es misericordia, apelo a
tu amor, a tus llagas, a tu sangre; además, son siempre tus hijos, tus queridas imágenes. Pobres
hermanos míos, ¿cómo harán? ¿En qué apuros serán puestos? Me dices para contentarme que
has derramado en mí tus amarguras, pero son demasiado pocos los lugares que proteges”.
(6) Y Él: “Más bien es demasiado, y es porque te amo, de otra manera no habría evitado nada.
Además, ¿no has visto tú misma que no podías contener más?”
(7) Y yo rompiendo en llanto agregué: “Sin embargo me dices que me amas, pero, ¿dónde
está todo esto que me amas? El verdadero amor sabe contentar en todo a la persona amada,
entonces, ¿por qué no me ensanchas más para poder contener más amarguras y evitárselas a
mis hermanos?”
(8) Jesús ha llorado junto conmigo y ha desaparecido.