(7) Y Jesús, transformándose en mí, me hacía sentir ahora agonizante, ahora doliente, en
suma, sentía lo que sentía Jesús.
+ + + +
11-109
Noviembre 4, 1915
Dolor de la Santísima Virgen por el flagelo de la guerra.
(1) Encontrándome en mi habitual estado me encontraba fuera de mí misma junto con la Reina
Mamá, y le pedía que se interpusiera ante Jesús para hacer cesar el flagelo de la guerra, le
decía: “Mamá mía, piedad de tantas pobres víctimas, ¿no ves cuánta sangre, cuántos miembros
destrozados, cuántos gemidos y lágrimas? Eres la Mamá de Jesús, pero también nuestra, por
lo tanto te corresponde a Ti pacificar a tus hijos”. Y mientras le rogaba, Ella lloraba, pero a pesar
de que lloraba parecía inflexible. Yo lloraba también y continuaba rogando por la paz, y mi
querida Mamá me ha dicho:
(2) “Hija mía, la tierra no está aún purificada, los pueblos se mantienen endurecidos; y
además, si el flagelo termina, ¿quién salvará a los sacerdotes? ¿Quién los convertirá? La
vestidura que en muchos cubre sus vidas es tan deplorable, que los mismos seglares tienen
repugnancia de acercárseles. Recemos, recemos”.
+ + + +
11-110
Noviembre 11, 1915
Las almas que viven en la Divina Voluntad son
otros Cristos, y éstos obtienen misericordia.
(1) Esta mañana sentía tal compasión por las ofensas que Jesús recibe, y por tantas pobres
criaturas que tienen la desventura de ofenderlo, que quisiera afrontar cualquier pena con tal de
impedir la culpa, y rezaba y reparaba de corazón. Mientras estaba en esto, el bendito Jesús ha
venido y parecía que tenía las mismas heridas de mi corazón, pero ¡oh!, cuánto más grandes, y
me ha dicho:
(2) “Hija mía, mi Divinidad al hacer salir a la criatura quedó como herida por mi mismo Amor
por amor a ella, y esta herida me hizo descender del Cielo a la tierra y llorar y derramar mi
sangre, y hacer todo lo que hice. Ahora, el alma que vive en mi Voluntad siente a lo vivo esta
herida mía como si fuera de ella, y llora y reza y quisiera sufrir todo para poner a salvo a la pobre
criatura, y para que esta mi herida de amor no sea recrudecida por las ofensas de las criaturas.
¡Ah! hija mía, estas lágrimas, oraciones, penas, reparaciones, endulzan mi herida y descienden
en mi pecho como fúlgidas gemas, que me glorío de tenerlas sobre mi pecho para mostrarlas a
mi Padre para inclinarlo a piedad de las criaturas. Así que entre ellas y Yo desciende y asciende
una vena divina que les va consumando la sangre humana, y por cuanto más toman parte en mi
herida, en mi misma Vida, tanto más esta vena divina se agranda, se agranda tanto de volverse
ellas otros tantos Cristos, y Yo voy repitiendo al Padre: “Yo estoy en el Cielo, pero hay otros
Cristos sobre la tierra que están heridos con mi misma herida, que lloran como Yo, que sufren,
que rezan, etc., por lo tanto debemos derramar sobre la tierra nuestras misericordias”. Ah sí,
sólo estas almas que viven en mi Querer, que toman parte en mi herida, me asemejan en la
tierra y me asemejarán en el Cielo con el tomar parte en la misma gloria de mi Humanidad”.