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Agosto 14, 1912
Con su vida oculta, Jesús santificó y
divinizó todas las acciones humanas.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, mi siempre amable Jesús me ha dicho:
(2) “Hija mía, para que el alma pueda olvidarse de sí misma, debe hacer de manera que todo
lo que hace y que le es necesario, lo haga como si Yo lo quisiera hacer en ella: Si reza debe
decir, es Jesús que quiere rezar, y yo rezo juntamente con ella; si debe trabajar, es Jesús que
quiere trabajar, es Jesús que quiere caminar, es Jesús que quiere tomar alimento, que quiere
dormir, que quiere levantarse, que quiere divertirse, y así de todo lo demás de la vida. Sólo así
puede el alma olvidarse de sí misma, porque no sólo hará todo porque lo quiero Yo, sino que,
porque lo quiero hacer Yo, me necesita propiamente a Mí”.
(3) Ahora, un día estaba trabajando y pensaba: “¿Cómo puede ser que mientras yo trabajo es
Jesús que trabaja en mí, y que sea Él mismo quien quiere hacer este trabajo?” Y Jesús:
(4) “Precisamente Yo, y mis dedos que están en los tuyos trabajan; hija mía, cuando Yo estuve
en la tierra, ¿mis manos no se abajaban a trabajar la madera, a martillar los clavos, a ayudar en
los trabajos de carpintería a mi padre putativo José? Y mientras esto hacía, con esas mismas
manos, con esos dedos, creaba las almas, a otras las llamaba a la otra vida, divinizaba todas
las acciones humanas, las santificaba dando a cada una un mérito divino, en los movimientos
de mis dedos llamaba a reseña todos los movimientos de tus dedos y de los de todas las demás
criaturas, y si Yo veía que los harían por Mí o porque Yo los quería hacer en ellas, Yo continuaba
mi vida de Nazaret en ellas y me sentía como pagado por parte de ellas por los sacrificios, las
humillaciones de mi vida oculta, dándoles a ellas el mérito de mi misma Vida. Hija, la vida oculta
que hice en Nazaret no es valorizada por los hombres, sin embargo no podía haberles hecho
más bien que con esa vida, después de la Pasión, porque abajándome Yo a todos aquellos
actos pequeños y bajos, a aquellos actos que los hombres hacen en su vida diaria, como el
comer, el dormir, el beber, el trabajar, el encender fuego, el barrer, etc., actos todos que nadie
puede dejar de hacer, Yo hacía correr en sus manos una monedita divina y de precio
incalculable. Así que si la Pasión los redimió, mi vida oculta cortejaba cada acción humana, aun
la más indiferente, con mérito divino y de precio infinito.
(5) Mira, mientras tú trabajas, trabajando porque Yo quiero trabajar, mis dedos corren en los
tuyos, y mientras trabajo en ti, en el mismo instante con mis manos creadoras, ¿a cuántos estoy
sacando a la luz de este mundo? ¿A cuántos otros los llamo? ¿A cuántos otros santifico, a otros
corrijo, a otros castigo, etc.? Entonces, tú estás también junto Conmigo creando, llamando,
corrigiendo y demás, y así como tú no estás sola obrando, tampoco lo estoy Yo en mi obrar. ¿Te
podría dar honor más grande?”
(6) Pero ¿quién puede decir lo que comprendía, el bien que se puede hacer tanto a nosotros
como a todos los demás haciendo las cosas porque Jesús las quiere hacer en nosotros? Mi
mente se pierde y por eso pongo punto.
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