11-2
Los buenos días a Jesús.
(1) ¡Oh Jesús mío! Dulce prisionero de amor, heme aquí Contigo de nuevo, te dejé con decirte
“adiós”, y ahora vuelvo a Ti diciéndote: “Buenos días”. Me consumía el ansia de volverte a ver
en esta prisión de amor para darte mis amorosos saludos, mis latidos afectuosos, mis respiros
encendidos, mis deseos ardientes, y toda yo misma para infundirme toda en Ti y dejarme toda
en Ti en perpetuo recuerdo y prenda de mi amor constante hacia Ti.
(2) ¡Oh, mi siempre adorable amor Sacramentado!, ¿Sabes? Mientras he venido para
entregarme toda yo misma a Ti, he venido también para recibir de Ti todo Tú mismo, yo no puedo
estar sin una vida para vivir, y por eso quiero la tuya, pues a quien todo da todo se le da, ¿no es
cierto, ¡oh! Jesús? Así pues, hoy amaré con tu latido de amante apasionado, respiraré con tu
respiro afanoso en busca de almas, desearé con tus deseos inconmensurables tu gloria y el bien
de las almas; en tu latido divino correrán todos los latidos de las criaturas, las tomaremos todas,
las salvaremos, no dejaremos que escape ninguna, aun a costa de cualquier sacrificio, aunque
tenga que sufrir yo todas sus penas. Si Tú me echases de tu presencia, me arrojaré aún más
adentro, gritaré más fuerte para implorar junto Contigo la salvación de tus hijos y hermanos míos.
(3) ¡Oh mi Jesús! Mi vida y mi todo, cuántas cosas me dice este voluntario cautiverio tuyo,
pero el emblema con el cual te veo todo marcado es el emblema de las almas, y las cadenas
que tan fuerte te atan son el amor. Las palabras almas y amor parece que te hacen sonreír, te
debilitan y te obligan a ceder en todo, y yo, valorando bien estos tus excesos amorosos, estaré
siempre en torno a Ti, y junto Contigo, con mi estribillo de siempre: “Almas y amor”. Por eso en
este día te quiero a Ti, siempre junto conmigo, en la oración, en el trabajo, en los gustos y en
los disgustos, en el alimento, en cada paso, en el sueño, en todo, y estoy segura que no
pudiendo obtener nada por mí misma, Contigo obtendré todo, y todo lo que haremos servirá
para aliviarte cada dolor, endulzarte cada amargura, repararte cualquier ofensa, compensarte
por todo y conseguir cualquier conversión, aunque fuese difícil y desesperada. Iremos
mendigando a todos los corazones un poco de amor para hacerte más contento y más feliz, ¿no
está bien así, ¡oh! Jesús?
(4) ¡Oh amado prisionero de amor, átame con tus cadenas, séllame con tu amor! ¡Ah!,
muéstrame tu bello rostro. ¡Oh Jesús, qué hermoso eres!, Tus cabellos rubios atan y santifican
todos mis pensamientos; tu frente calmada y serena en medio de tantas afrentas, me da la paz
y me deja en la más perfecta calma, aun en medio de las más grandes tempestades, en medio
de tus mismas privaciones, y de tus caprichos que me cuestan la vida. ¡Ah! Tú lo sabes, pero
sigo adelante, esto te lo dice el corazón que te lo sabe decir mejor que yo. ¡Oh amor! tus bellos
ojos azules, refulgentes de luz divina me raptan al Cielo y me hacen olvidar la tierra, pero, ¡ay
de mí! con sumo dolor mío se prolonga mi destierro todavía. Pronto, pronto, ¡oh Jesús! Sí, eres
bello oh Jesús, me parece verte en ese tabernáculo de amor, la belleza y majestad de tu rostro
me enamora y me hace vivir en el Cielo; allá, tu boca graciosa me da sus besos en cada
momento; tu voz suave me llama e invita a amarte en cada momento, tus rodillas me sostienen,
tus brazos me estrechan con vínculo indisoluble, y yo mil y mil veces pondré mis besos ardientes
sobre tu rostro adorable. Jesús, Jesús, sea uno nuestro querer, uno el amor, único nuestro
contento, no me dejes nunca sola que soy nada, y la nada no puede estar sin el Todo, ¿me lo
prometes, ¡oh! Jesús? Parece que me dices que sí. Y ahora bendíceme, bendice a todos, y en
compañía de los ángeles, de los santos, y de la dulce Mamá y de todas las criaturas te digo:
“Buenos días, ¡oh! Jesús, buenos días”.
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