a las órdenes de las dignidades, Yo al comunicarme a las almas no miro a las dignidades, ni si
son obispos o papas, sino que miro si están despojados de todo y de todos, miro si en ellos,
todo, todo es amor para Mí, miro si se hacen escrúpulo de volverse jefes aun de un solo respiro,
de un latido, y encontrándolos todo amor, no miro si son ignorantes, bajos, pobres, despreciados
y polvo; el mismo polvo lo convierto en oro, lo transformo en Mí, le comunico todo Mí mismo, le
confío los más íntimos secretos míos, le doy parte en mis alegrías y en mis dolores, es más,
viviendo en Mí en virtud del amor, no es de maravillar que estén al día de mi Voluntad sobre las
almas y sobre mi Iglesia. Una es la vida de ellos Conmigo, uno el Querer y una es la luz con la
cual ven la verdad según el punto de vista divino y no según el humano, y por eso Yo no tengo
que trabajar en comunicarme a estas almas, y las elevo por encima de todas las dignidades”.
(3) Después, estrechándome y besándome me ha dicho:
(4) “Bella hija mía, pero bella de mi misma belleza, ¿te afliges por las cosas que dicen? No te
aflijas, pregunta al padre B. pobre hijo mío, cuánto ha sufrido por causa mía por los superiores,
por sus compañeros y por los demás, hasta declararlo necio, hechicero, hasta llegar a creer un
deber el castigarlo, ¿y cuál era su delito? ¡El amor! Sintiendo los otros vergüenza de su vida
frente a la suya, le han hecho guerra y le hacen guerra. ¡Ah, cómo es costoso el delito del amor!
Mucho me cuesta a Mí el amor y mucho les cuesta a mis amados hijos. Pero Yo lo amo mucho,
y por lo que ha sufrido, en premio le he dado a Mí mismo y moro en él. Pobre hijo mío, no lo
dejan libre, lo espían por todas partes, lo que no hacen con los demás, quien sabe y a lo mejor
puedan encontrar materia para corregirlo y mortificarlo, pero Yo estando con él vuelvo vanas
sus artes, dale ánimos, pero, ¡oh, cómo será terrible el juicio que haré de estos tales que osan
maltratar a mis amados hijos!”
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10-15
Enero 28, 1911
El amor fuerza a Dios a romper los velos de la fe.
La Iglesia está agonizante, pero no morirá.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, se hacía ver el corazón de mi dulce Jesús, y
mirando dentro de Jesús veía su corazón en Él, y mirando en mí, veía también en mí su corazón
santísimo. ¡Oh! cuánta suavidad, cuántas delicias, cuántas armonías se sentían en aquel
corazón! Entonces, mientras me estaba deleitando junto con Jesús, oía su voz suavísima que
le salía de dentro de su corazón que me decía:
(2) “Hija, deléitate de mi corazón, el amor quiere sus desahogos, de otra manera no se podría
seguir adelante, especialmente para quien me ama verdaderamente y no admite en sí otro
placer, otro gusto, otra vida que el amor. Yo me siento tan atraído hacía ellos, que el amor mismo
me fuerza a romper los velos de la fe, y me revelo y le hago gustar aun desde acá el paraíso a
intervalos; el amor no me da tiempo a esperar la muerte para quien me ama de verdad, sino que
lo anticipo aun desde esta vida. Goza, siente mis delicias, mira cuántos contentos hay en mi
corazón, toma parte en todo, desahógate en mi amor a fin de que el tuyo se ensanche de más
y pueda amarme más”.
(3) Mientras esto decía veía algunos sacerdotes, y Jesús ha continuado diciéndome:
(4) “Hija mía, la Iglesia en estos tiempos está agonizante, pero no morirá, más bien resurgirá
más bella. Los sacerdotes buenos luchan por llevar una vida más desapegada, más sacrificada,
más pura; los malos sacerdotes luchan por una vida más interesada, más cómoda, más sensual,
toda terrena. Yo hablo a los primeros pero no a los segundos, hablo a los primeros, o sea a los
pocos buenos, aunque sea uno solo por ciudad o país, a éstos hablo y mando, ruego, suplico
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