exteriores, que como resplandores les cegaba la vista, les endurecía el corazón y volvía torpe
la inteligencia para conocer las verdades más sagradas, más ciertas, y estaban tan engolfados
en las cosas bajas de la tierra, que jamás habrían creído que un Dios pudiese venir a la tierra
en tanta pobreza y en tanta humillación, y no sólo en mi nacimiento, sino también en el curso de
mi vida, cuando hacía los milagros más estrepitosos, ninguno me siguió, más bien planearon mi
muerte y me asesinaron sobre la cruz. Y Yo, después de haber usado todo mi arte para atraerlos
a Mí, los puse en el olvido y escogí personas pobres, ignorantes, como fueron mis apóstoles y
formé mi Iglesia, los segregué de las familias, los liberé de cualquier vínculo de riquezas, los
llené de los tesoros de mi gracia y los volví hábiles para la dirección de mi Iglesia y de las almas.
Ahora, debes saber que este dolor aún me dura, porque los sacerdotes de estos tiempos se han
hermanado con los sacerdotes de aquellos tiempos, se han dado la mano en el apego a las
familias, al interés, a las cosas exteriores y poco o nada ponen atención al interior, es más,
algunos se han degradado tanto, que han llegado a hacer entender a los mismos seglares que
no están contentos de su estado, abajando su dignidad hasta lo ínfimo y por debajo de los
mismos seglares. ¡Ah! hija mía, ¿qué prestigio puede tener su palabra en las gentes? Más bien
los pueblos por su causa van descendiendo en la fe y en el abismo de peores males, caminan
a tropezones y en las tinieblas, porque luz en los sacerdotes no ven más. Esta es la necesidad
de las casas de reunión de sacerdotes, a fin de que liberado el sacerdote de las tinieblas de las
cuales está invadido, de las familias, del interés y de los cuidados de las cosas exteriores, pueda
dar luz de verdaderas virtudes y los pueblos puedan salir de los errores en los que han caído.
Son tan necesarias estas reuniones, que cada vez que la Iglesia ha llegado a lo ínfimo, casi
siempre éste ha sido el medio para hacerla resurgir más bella y majestuosa”.
(3) Yo al oír esto he dicho: “Mi sumo y único bien, dulce vida mía, compadezco tu dolor y
quisiera endulzarlo con mi amor, pero Tú sabes bien quién soy yo, cómo soy pobre, ignorante,
mala, y además, extremadamente presa por la pasión de mi ocultamiento, amo tanto el que
pudiera esconderme tanto en Ti, que ninguno pudiera creer que yo existo más, y Tú en cambio
quieres que hable de estas cosas que tanto afligen tu amantísimo corazón y tan necesarias para
la Iglesia. ¡Oh! mi Jesús, a mí háblame de amor, y ve en busca de otras almas buenas y santas
a hablar de estas cosas tan útiles para la Iglesia”. Y el buen Jesús ha dicho:
(4) “Hija mía, también Yo amaba el ocultamiento, pero cada cosa tiene su tiempo, cuando el
honor y la gloria del Padre y el bien de las almas lo requirió, me manifesté e hice mi vida pública.
Así hago con las almas, a veces las tengo escondidas, otras veces las manifiesto, y tú debes
ser indiferente a todo, queriendo sólo lo que Yo quiero, es más, te bendigo el corazón, la boca,
y hablaré Yo en ti con mi misma boca y con mi mismo dolor”.
(5) Y así me ha bendecido y ha desaparecido.
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10-10
Enero 8, 1911
La familia mata al sacerdote. El
interés es la polilla del sacerdote.
(1) Ahora, por obedecer escribo cosas pasadas y explico sobre estas reuniones de sacerdotes
que el bendito Jesús quiere. Habiendo venido un santo sacerdote en el pasado mes de
noviembre, y habiéndome pedido que preguntara a Jesús qué cosa quería de él, mi siempre
amable Jesús me dijo:
(2) “La misión del sacerdote escogido por Mí será alta y sublime, se trata de salvar la parte
más noble, más sagrada, la cual son los sacerdotes, que en estos tiempos se han vuelto el
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