lo vuelve inhábil, y la gracia cuando encuentra al alma circundada por estas bajezas, vuela y no
se detiene y el sacerdote queda hombre y obra como hombre, y tiene en su obrar los efectos
que puede tener un hombre, no ya los efectos que puede tener un sacerdote animado por el
Espíritu de Jesucristo”.
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10-8
Diciembre 24, 1910
Las almas indecisas no son buenas para nada.
(1) Habiendo recibido la comunión rogaba al buen Jesús por un sacerdote que quería saber
si el Señor lo llamaba al estado religioso, y el buen Jesús me ha dicho:
(2) “Hija mía, Yo lo llamo y él está siempre indeciso. Las almas que no son decididas no son
buenas para nada; lo contrario cuando son decididas y resueltas, entonces todas las dificultades
las supera, las soluciona, aquellos mismos que suscitan las dificultades, viéndolo tan resuelto,
se debilitan y no tienen el valor de oponerse. Es un poco de apego lo que lo ata, y Yo no quiero
contaminar mi gracia en los corazones que no están libres de todo; si se separa de todo y de
todos, entonces mi gracia lo inundará de más y sentirá la fuerza necesaria para seguir mi
llamada”.
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10-9
Diciembre 25, 1910
Los sacerdotes se han apegado a las familias, al
interés, a las cosas exteriores, etc., ésta es la
necesidad de las casas de reunión de sacerdotes.
(1) Esta mañana el bendito Jesús se hacía ver pequeño, pequeño, pero tan gracioso y bello
que me raptaba en dulce encanto, después se volvía más benévolo porque con sus pequeñas
manitas tomaba pequeños clavos y me clavaba con una maestría digna sólo de mi siempre
amable Jesús, y después me colmaba de besos y de amor, y yo a Él. Después de esto me
parecía que me encontraba en la gruta de mi recién nacido Jesús, y mi pequeño Jesús me ha
dicho:
(2) “Hija amada mía, ¿quién vino a visitarme en la gruta de mi nacimiento? Los pastores fueron
los primeros visitantes, los únicos que hacían un ir y venir y me ofrecían dones y cosas de ellos,
y los primeros que tuvieron el conocimiento de mi venida al mundo, y por consecuencia los
primeros favorecidos llenos de mi gracia. He aquí por qué escojo siempre personas pobres,
ignorantes, despreciables, y de ellas hago portentos de gracia, porque son siempre las más
dispuestas, las más dispuestas a oírme, a creerme sin poner tantas dificultades, tantas
cavilaciones, como lo hacen las personas cultas. Después vinieron los magos, pero no se vio
ningún sacerdote, mientras que ellos debían ser los primeros en hacerme cortejo, porque ellos
sabían más que todos los demás según las escrituras que estudiaban, sabían el tiempo, el lugar,
y era más fácil el venir a visitarme, pero ninguno, ninguno se movió, es más, mientras que ellos
lo señalaron a los magos, ellos no se movieron, ni se incomodaron en dar un paso para ir en
busca de mi venida. Esto fue un dolor, para Mí amarguísimo, en mi nacimiento, porque en
aquellos sacerdotes era tanto el apego a las riquezas, al interés, a las familias y a las cosas
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